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jueves, 15 de septiembre de 2011

Filosofía del misántropo


Tenemos un buen amigo que es sociólogo, Martín vamos a llamarlo, y en una de las tantas conversaciones que solemos mantener le comenté lo interesante que podría ser que realizase un estudio respecto a las actitudes de los individuos en el metro de Madrid. 

Cuando le comenté eso, me puso cara como de, entre incredulidad y sorpresa. Porqué me comentas eso, dijo. Yo le contesté con otra pregunta ¿Cuanto tiempo llevas utilizando el auto para desplazarte? Martín dijo, como sonriendo, ya ni me acuerdo del tiempo que hace. Durante un instante se mantuvo callado y al rato me insinuó que probablemente hiciera ese estudio que yo le había indicado. Ya que, al menos, podría resultar curioso.

A Martín no le volví a ver hasta pasado más de un año, ya que tuve que salir, por cuestiones de trabajo, fuera del país. Evidentemente, cuando regresé a Madrid una de las primeras cosas que hice fue buscar a mi amigo del alma.

Cuando nos encontramos, Martín había cambiado ostensiblemente y su peculiar alegría, pareciera como que se hubiese convertido en algo así como tristeza, melancolía o que se yo. Te veo cambiado le dije. Ya te digo, me contestó. Sí, amigo Aralba, hice lo que me dijiste antes de que marcharas a esas tierras bábaras que tanto te atraen, continuó. ¿De que hablas, pregunté? Enseguida entendí que Martín se había tomado al pie de la letra lo de aquel trabajo de sociología a realizar en el suburbano de la Capital de España.

Mientras el me contaba, yo permanecí a la escucha, sin apenas parpadear. Al principio no le di importancia, dijo, y empecé a trasladarme por metro a todos los lugares que iba. Sí, aunque parezca mentira dejé aparcado mi añorado auto para desarrollar una tarea que me llevaría cerca de un año. Terminé poco antes de que tú regresaras; pero transcurrido un poco de tiempo desde que empezara a utilizar ese vehículo subterráneo empecé a comprender que la gente, viajando en metro, se convertía en gentuza. Quedé asombrado cuando usó esa expresión tan poco habitual en Martín; no obstante permanecí callado esperando las próximas palabras del sociólogo y amigo.

Veía como la gente se comportaba como los buitres a la espera de conseguir algún asiento para reposar sus posaderas. No se conformaban con ocupar un lugar libre, en pié, dentro del vagón. No, yo observaba, como investigador que soy, los gestos y las caras. Les iba la vida en poder conseguir un asiento y si no lo conseguían se sonrojaban como si estuviesen avergonzados por ser más lentos que los vecinos que sí conseguían su preciado tesoro. Al rato, sus rostros se transformaban como en desprecio. Sí, aunque parezca mentira, yo veía, como si los pensamientos se pudiesen convertir en realidad, que hasta habrían matado por ello.

Permanecí expectante, mientras mi amigo continuaba su interesante relato. Cuando se sentaban sacaban un libro, si a ese tipo de mamotreto de seiscientas páginas se lo puede denominar así, y comenzaban a leer con fruición aquellas interminables novelas de ficción. Comencé a comprobar como miraban a las musarañas cuando algún anciano, embarazada o tullido subían al vagón. Es como si se hicieran los locos, para que aquella pobre persona no se fijase en ellos y tuviesen que ceder sus asientos. Poco a poco, al contrario del concepto rousseauniano, positivo, que yo tenía acerca del individuo humano, comencé a sentir desprecio por la especie a la que yo mismo pertenecía. Que débiles somos me decía. Si no tenemos grandes necesidades podemos parecer hasta nobles; pero cuando los individuos se masifican empieza a salir el animal que llevamos dentro. Mi propio egoísmo es más importante que la necesidad de nuestro vecino. Todos tenemos nuestros propios problemas. Que cada cual cargue con los suyos que es más importante mi comodidad que la imperiosa necesidad de los otros. Sí, yo veía a los antes pasajeros, ahora clientes del metro madrileño, como cornejas escabulléndose, observando de reojo para como espermatozoide, que le fuera la vida en ello, conseguir entrar en el óvulo que le proporcionara algo más de tiempo para seguir viviendo, aunque fuera en otra forma; en este caso concreto como ser despreciable ruín y mísero.

No salía de mi asombro, tras las palabras pesarosas de Martín mi Amigo del alma; pero eso no fue lo peor, sino lo que vino después, tras terminar su relato. Aralba amigo, me dijo, lo peor de todo no es lo que yo viera en unos y en otros, en los demás, sino lo que pude observar en mí mismo, pues poco antes de terminar ese trabajo que tu me propusieras, antes de tu marcha, hice un ejercicio de voluntad como de salir de mi propio cuerpo, no ya para observar a los demás sino a mí mismo y lo que descubrí es lo que me ha cambiado y me ha convertido en un ser taciturno y triste. Comprobé que todas aquellas canallas que cometían los demás, sin darme cuenta, yo también las realizaba y tras aquella sensación extraña abandoné mi investigación en el metro y regresé a mi auto de siempre como quien intentara salvarse de no se qué.

Desde entonces, Aralba, el aprecio que tenía por el Ser humano, pensando que era un Ser bueno en esencia, se convirtió en una misantropía, desprecio, que ya no me ha abandonado. Sí, me dijo, desde entonces me he negado a volver a coger el metro y no lo haré aunque la vida me vaya en ello. Si mañana ocurriera un desastre, mis párpados no soltarían una sola lágrima por una Especie animal que no merece sobrevivir, incluido yo mismo.

Tras aquella conversación con Martín, quedé terriblemente apenado; pero sobre todas las cosas, agredido emocionalmente. Desde que tuvimos aquella última charla no hemos vuelto a vernos. Quizá no me sienta cómodo ante la presencia de alguien que mantiene un concepto tan negativo, respecto al Ser Humano. Yo, sin embargo sigo cogiendo el metro para viajar; pero no obstante, veo con otros ojos todo lo que acontece a mí alrededor y tengo que estar de acuerdo, con Martín, en algo y esa Cosa no es digna de mi respeto.

ARALBA

martes, 9 de agosto de 2011

El Prospector


Esta es una Historia llena de Vida. No me gustaría que nadie se echase a llorar.

¡Ay!, que no me he presentado. Mi nombre..., los que creía que eran los dioses me llamaban Jabato y, como a mí me gustaba, pues así me he quedado. Ahora que veo las cosas desde la distancia, con mucha más claridad, puedo contaros lo que pasó.

Mis trece hermanitos y yo, nos encontrábamos en el Nexo esperando a que los dioses uniesen a nuestros padres. ¡Sí!, aunque parezca extraño, mis padres no podían vivir juntos. En realidad, ninguno de nuestra especie lo podíamos o podemos hacer, pues las hembras no soportan la compañía de los machos más que el tiempo suficiente para poder ser fecundadas. El día Trece de Marzo, el dios principal lo consideró el momento oportuno y se puso inmediatamente unos guantes de cuero reforzado: soltó a mis padres sobre una superficie poco amplia, bajo la cual se encontraba un pronunciado precipicio para nuestro tamaño, y nuestra futura historia dio comienzo.

Mamá Bolita de Nieve, que así se llamaba, no aguantaba tal y como dije a Colín... (Colín es el nombre de mi papá). Mamá se revolvía contra él continuamente para morderlo, pero, con increíble rapidez, el dios principal...¡Bum!, siempre ponía su enorme guante entre ellos y así evitaba que mamá hiciese daño a papá. Finalmente, durante cerca de veinte minutos, mi mamá pasó a quedarse quietecita y papá pudo al fin juntarse con ella durante un breve instante. Luego él, que era muy aseado, se limpió con saliva restregándose el cuerpo con sus hábiles manitas para después realizar la misma operación; volviendo a la carga una y otra vez. De este modo, fue cómo mamá quedó preñada con catorce óvulos fecundados en su interior.

Mis trece hermanitos y yo, fuimos creciendo muy deprisa dentro de nuestra madre, y en muy poco tiempo, supimos los que éramos machos, seis, y las que eran hembras, el resto.

A los quince días aproximadamente, mamá parió en una estancia muy limpita y repleta de algodón y lana. No os podéis ni imaginar su gozo cuando nos tuvo a todos juntitos y calientes, en su regazo, dentro de su confortable nido. Por cierto, a mamá, en ese instante crítico, no se la podía molestar. Si los dioses lo hubieran hecho, se habría vuelto loca y nos hubiese comido.

Los de mi especie nacemos muy chiquitos, hasta tal punto que, a los cinco días del parto, tan solo pesamos cinco gramos. No obstante, nuestro crecimiento es el más veloz de todos los mamíferos.

A los ocho días del nacimiento, nos empezó a crecer una pelusilla, pues no sé si os lo he contado pero nacemos desnudos y somos de color rosita. Ahora todo lo veo claro, pero entonces no podía ya que nací ciego como el resto de los de mi especie; aunque hacíamos ímprobos esfuerzos por abrir los párpados, no podíamos pues la piel los cubría. Quizá este hecho no sea más que un sistema de defensa creado por la naturaleza para que entre tanto recién nacido gruñón, no saliésemos alguno tuerto o ciego, debido a los arañazos que nos producíamos al intentar apropiarnos de alguna tetilla donde poder mamar.

Por cierto, de vez en cuando, encontrándome desvelado, contemplaba cómo alguno de los dioses introducía con mucha cautela, para no despertar a mamá, alimentos diversos; agua, algodón y una especie de tierra con un olor muy fuerte. Los dioses la conocían como bactericida. Todavía me pregunto lo que eso podía significar. Entre tanto mamá, de vez en cuando, cambiaba su posición con el objeto de que todos tuviésemos oportunidad de comer y así poder sobrevivir. Esto es así porque ella sólo disponía de doce tetillas y creo que eso es lo habitual. Nosotros éramos catorce y, bueno, qué os voy a contar que no sepáis... Once días después del parto ya nos esforzábamos por salir aunque todavía era demasiado pronto. Al día siguiente, ya podía mover mis pequeñas orejas de un lado a otro, ya que se habían despegado del resto del cuerpo: con ellas podía escuchar los susurros del mundo que me rodeaba y si percibía algo raro, me acurrucaba (más si cabe), junto a mis hermanos y al siempre caliente cuerpo de mamá.

No obstante, siendo todavía ciego, recuerdo que mi curiosidad no tenía límites y salía repetidamente al exterior. También sé que mis hermanitos hacían lo mismo, mientras Mamá, con infinita paciencia, salía detrás de nosotros y uno a uno nos volvía a introducir en el confortable nido: nos cogía con su boca, del lomo o de donde buenamente pudiera, pero nunca nos hizo daño alguno con sus afilados incisivos. Por cierto, algunas veces éramos tan traviesos que cuando nos escapábamos íbamos unos en una dirección y otros en otra, volviendo loca a mamá tratando de atraparnos.

¡Uy!, se me olvidaba. Ya desde el principio y hasta que dejamos de tomar leche de mamá, cuando nos invadía el hambre, chillábamos como posesos tratando de encontrar sus pezones y cuando los encontrábamos nos enganchábamos a ellos como lapas. Tengo que reconocer que los de nuestra especie somos en exceso crueles entre nosotros.

Pasadas cuatro semanas del nacimiento, siendo aún demasiado chiquitos, vimos por primera vez a los dioses que venían para separarnos, a los machos, de mamá. Ésta lloró mucho y nosotros también, pero ya podíamos valernos por nosotros mismos y no hubiese sido conveniente que continuásemos con las hembras. Sin embargo, mis hermanas permanecieron durante un tiempo mayor junto a ella.

Es hora de que os cuente un secreto que sólo sé yo, ahora que me encuentro en el Nexo.

El día que Madre nos tuvo, el dios principal y su esposa salieron del mundo conocido en busca de materiales con los que confeccionar una mansión grande para mí y mis hermanos. Cuando regresó del espacio exterior, trajo consigo tela metálica y alambre inoxidable con el fin de realizar la estructura principal y otro más finito con el que coser la malla metálica a aquella.  El dios principal, ayudado por el dios chiquito, estuvo trabajando durante algunos días en su construcción. Se levantaba temprano y paraba muy poco para comer, yéndose muy tarde a descansar.

Cuando la vivienda, separada en dos compartimentos, estuvo finalizada, el dios principal nos metió a mí y a mis hermanos y hermanas junto con mamá, en uno de los departamentos y el otro lo reservaron. Papá Colín permaneció en su casita de siempre.

El suelo poseía una capa considerable de arena. En un principio nos metieron piedras para que pudiésemos jugar, pero al parecer eso no era muy práctico y desistieron. Nos las quitaron y volvieron a rellenar el suelo con ese producto bactericida.

En relación con la antigua casa de mamá, esta otra era enorme. Tenía dos pisos cuadrados y bien espaciados, y una escalera para subir a la planta superior. En ésta, había un molinillo o rueda de ejercicios así como un gracioso comedero para las pipas y el maíz. El abrevadero era el mismo que habíamos tenido en la casa de mamá. Nosotros chupábamos y el agua salía gota a gota, tan solo la que necesitábamos en cada instante. No sé si algún día comprenderé por qué era así cuando en el exterior, al otro lado del pitorro, veía un depósito repleto de agua.

Como la vivienda estaba dividida en dos compartimentos, tal y como os dije, al poco tiempo el dios principal nos separó a los hermanos en un sitio y a las hermanas en otro; ya que nuestros juegos ya no eran tan infantiles. Ciertamente, nos podíamos contemplar a través de la rejilla e incluso tocar nuestras manitas, pero era lo más que nos era permitido. Antes de haber pasado dos meses de existencia, el tiempo en que los dioses nos consideran ya adultos, mis hermanos y yo nos dábamos unas zurras de campeonato, pues aunque el edificio era enorme para uno solo de nosotros, en realidad era chiquito para el conjunto de los seis. De hecho, no sé si lo dije, somos una especie muy territorial.

Cada dos por tres, estábamos hechos unos zorros, como decían los dioses. Entonces el dios principal tomó la determinación de separarnos a los hermanos machos. Uno de mis hermanos fue a parar a manos de un dios externo muy agradable. Su casa era alta y redonda con dos pisos.  Otro de mis hermanitos fue a caer en el Mundo de un dios peluquero, amante de los de mi especie. Su casita era más pequeña, pero lo suficientemente confortable para él solito.

El tercero de mis hermanos cayó en las manos de una diosa que estaba emparentada con el dios principal. Su casa también era muy hermosa con dos pisos. Me consta que todos ellos tuvieron mucha suerte, dentro de lo que supone la falta de libertad.

En definitiva, que nos quedamos en casa del Mundo interior; Jabato, que soy yo, y mis lanudos hermanos Pelusín y Peluso. Como de los tres yo era el más fuerte, les daba unas palizas monumentales, sobre todo a Peluso, pues Pelusín me huía y con eso me bastaba para no continuar agrediéndole. Pero Peluso, pobre Peluso, ahora que lo veo desde otra perspectiva me doy cuenta de que era muy valiente, pero ni tenía mi musculatura ni el coraje que me reservó la naturaleza, por eso siempre salía magullado y lleno de heridas. En cierta ocasión le rompí una oreja.

Los dioses no paraban de regañarme, pero no les hice caso nunca ya que mi instinto me hacía ser muy celoso. Era el más sobresaliente de la camada, y sólo contemplar al otro lado de la verja a ocho hembras adultas, me sacaba de quicio. No podía permitir la existencia de un solo competidor.  

Un día, después de una buena paliza que le propiné a Peluso, el dios principal, debido a las costras que tenía, nos llevó a mí y a mis dos hermanos a un dios sanador para que nos curase las heridas. El dios principal consultó con otros dioses con el fin de darnos la libertad en un parque, pero esto fue descartado ya que otros seres voraces nos habrían devorado. No estábamos preparados para vivir en el Mundo exterior. La desesperación de los dioses crecía pues no sabían qué hacer con nosotros. No era posible que cada uno de nosotros tuviésemos nuestra casita, ya que seguíamos siendo muchos.

El dios principal cogió a mis hermanitos heridos y les untó en sus heridas un líquido milagroso de color marrón, pero las guerras y las heridas se sucedían sin un fin que se apreciara cercano.

En esos días, yo ya estaba aislado del resto de mis hermanos en la casita enfermería. Esta era muy pequeña y sin molinillo con el que poder hacer ejercicio. Mi hermano Peluso fue introducido, de forma provisional, en un pozo alto de color verde.

Los dioses se dieron cuenta que mi hermanito allí no se encontraba bien y lo trasladaron a la casita enfermería. A mí me trasladaron junto a Pelusín, pero él me huía y yo no le hacía nada.

Poco duró ese diminuto paraíso, ya que cuando Peluso se recuperó, lo regresaron a su lugar con Pelusín. A mí me encerrarían, de por vida, en la prisión enfermería. Esta era chiquita y un poco alargada; sus paredes eran blancas, flexibles y opacas. El techo no estaba muy elevado, pero se encontraba cubierto con una rejilla metálica.

En unas cuantas ocasiones me dejaron contemplar el mundo obscuro del interior. Me soltaron, sin dejar de vigilarme. Corría todo lo que podía. Nunca había sentido nada igual. Era libre, libre, libre. Eso era lo que yo siempre había deseado y nunca había podido experimentar hasta ahora. Esa sensación debía de ser a la que los dioses conocían como libertad. Desde ese breve instante, yo sólo viví para conseguir la libertad definitiva. Deseaba conocer, con detenimiento, el Mundo.

Intenté por todos los medios conseguir mi objetivo. Con mis incisivos intenté realizar un hueco en el material flexible del que estaba compuesta mi prisión.

Mi único deseo en la vida ahora se traducía en ser libre. Volver a corretear y buscarme el sustento por mí mismo. Quería conocer hembras libres con las que poder jugar y hermanos libres con los que poderme zurrar. Iluso de mí, pronto comprendí que había emprendido una tarea imposible ya que no era capaz de encontrar un pequeño borde por el que empezar a roer.  Cuando algún dios pasaba la mano sobre la tela metálica, yo intentaba morderlo.

En eso me había convertido. En un ser acorralado y agresivo. Necesitaba hacerles ver a los dioses que yo era algo más que lo que me consideraban. Mi lugar no estaba allí, encerrado en una prisión de por vida. Con el fin de poder contemplar el mundo exterior, me incorporaba sobre mis patas traseras, y como consecuencia mi inteligencia se afinó. Este hecho se fue convirtiendo en algo habitual ya que el Mundo se encontraba justo sobre mí.

Un día el dios principal me cambió el agua y volvió a cerrar el techo, como de costumbre, pero no cayó en la cuenta de cerciorarse que la malla metálica hiciese un buen contacto con el resto de la estructura. Esa fue mi oportunidad soñada.

El día 20 de julio, cuando contaba con cuatro meses de edad, encontré el medio de poder hincar mis dientes y empezar a roer. Solo fue cuestión de tiempo. La libertad me esperaba impaciente al otro lado de mi prisión. Durante mi arduo trabajo, mi mente empezó a realizarse múltiples preguntas que ahora hablando con vosotros comprendo.

¿Quién era yo?, ¿por qué nací prisionero?, ¿eran buenos o malos mis amos?, ¿sabían o no sabían lo que hacían? Si hubiesen sido malos yo no viviría;me habrían comido o me hubiesen dejado en manos de las fieras para servirles de alimento. Recordé cómo en cierta ocasión mis dioses llamaron a un lugar del exterior para ver si nos querían ,¿cómo se llamaba?..., ah, sí Aquarium de Madrid.

Los dioses de aquel lugar dijeron al dios principal que nos llevaran allí ya que ellos podían darnos buena utilidad. Si el Amo nos hubiese trasladado al aquarium, nos hubiesen entregado como alimento a serpientes, boas y pitones, además, si fuesen malos, no nos acariciarían como lo hacían, suavemente y procurando no hacernos daño. Pero ¿por qué no nos dejaban correr por el mundo en libertad?, ¿por qué?

Esas eran mis preguntas, pero yo no cejaba en mi trabajo de roer. Al otro lado se encontraba la libertad. De forma inexorable, mis dientes conseguían el objetivo propuesto por mi pequeña mente. Después de algunas horas de oscuridad, el butrón llegó a ser lo suficientemente grande y pude sacar mi cabeza primero y mi cuerpo después. Intenté asirme en algún lugar, pero el precipicio fue lo único que encontró mi pequeño cuerpo. Fue un pequeño golpe y me encontré en una terraza cuya puerta al mundo interior se encontraba cerrada. Tras una verja se hallaba un inmenso abismo que pude atisbar con mis pequeños ojos. Yo me sabía valeroso y fuerte. No debía de tener miedo. De hecho no lo tuve y me lancé a la obscuridad de un precipicio desconocido.

Todos mis congéneres no dejaban de llamarme: «Jabato, ven a por nosotros y danos la libertad». El murmullo del viento se mezclaba con sus voces mientras yo seguía cayendo hacia lo desconocido y sin poder hacer nada más que revolverme en un vacío desprovisto de cualquier tipo de soporte donde agarrarme. La libertad me encontró de forma brutal. Nuestro abrazo fue mortal. El duro pavimento recibió mi cuerpo y la vida se me escapó. Intenté incorporarme pero no pude. Debía levantarme y llamar con sonidos sordos al dios principal. Ahora entendía lo que era la libertad. Era demasiado tarde, mi Vida se escapaba del cuerpo y...
Pronto amaneció y contemplé con los ojos del espíritu cómo florecía el día. La belleza era inmensa. Jamás había visto algo semejante. Cuando los dioses despertaron me estuvieron buscando, pero lo único que pudieron encontrar fue el cuerpo sin vida de un pequeño roedor. A mí me perdieron para siempre pues yo era un hámster que ahora vivía en otro lugar. Un lugar llamado Libertad.

Los que creía que eran dioses enterraron el cuerpo inerme al pie de un árbol en las cercanías del zoológico de Madrid. Una vez realizado el acto ritual, se alejaron por un sendero. El pequeño Miguel miró hacia el lugar donde estaba enterrado y creo que pudo ver el haz tractor que surgió de nuestra nave. El Niño avisó a sus padres de que había visto una palancana invertida en el cielo. Los padres se echaron a reír y agradecieron que su hijo tuviese tan viva imaginación.

Por la noche, furtivamente, el padre de Miguel, el pequeño dios, a quien yo denominase como gran dios, se acercó al lugar donde debiera estar enterrado mi cuerpo y cavó brevemente para encontrar que el féretro estaba intacto pero vacío.

—Bien hecho, Jabato —se dirigió el comandante de la nave Nexo a quien había desarrollado el relato—, ha sabido usted cumplir con su misión de prospección. Ahora sólo me resta realizarle una última pregunta.

—¡Señor! —asintió Jabato.

—¿Considera que la humanidad se encuentra preparada para ser aceptada en la confederación de Planetas Unidos?

La cara de Jabato mostró un rictus de incertidumbre durante un breve instante, pero enseguida respondió a su superior.

—Comandante Trueno, la humanidad está muy avanzada tecnológicamente, pero me temo que todavía le queda mucho para poder ser considerada como una civilización digna de nuestra Federación Interplanetaria. Todavía consideran que la Libertad es un privilegio para una minoría de sus congéneres.

—Siento escuchar eso, Mayor Jabato. Tendremos que seguir enviando comandos prospectores durante algunas generaciones más.

El padre de Miguel, según se dirigía por el sendero de regreso a su auto, pudo ver una pequeña luz lenticular que se elevaba a gran velocidad hacia las estrellas. Entonces recordó las palabras de su hijo, y que tanto él como su esposa habían tomado como una fantasía infantil.

En ese momento, quien Jabato conociera como el gran dios, estaba siendo consciente de que aquel hámster no había sido un simple animal de compañía, sino tal vez un enviado encubierto que, por motivos que se le escapaban, había estado vigilando a su familia quizá como una muestra significativa del conjunto de la humanidad.

El gran dios, por otra parte, decidió que jamás hablaría de este suceso con nadie, al mismo tiempo que en su mente surgía un brevísimo pensamiento e imaginó que, algún día, tal vez… quizá, en el futuro, otro Jabato podría venir a visitarles.  

FIN
FINE
THE END

Aralba

lunes, 8 de agosto de 2011

La Búsqueda de To

Las facciones de mi Viejo Amigo To reflejaban una extraña expresión entre ingenua alegría y nostálgica tristeza.


Es cierto que a To todo el mundo le quería; pero no es menos cierto que la mayoría de las personas que se le acercaban buscaban algún provecho egoísta.


Su enorme nariz, entre graciosa y monumental, digna de una Oda de Don Francisco De Quevedo, le daba un cierto aire de muñeco de peluche. Sacado, quizá, de algún cuento para niños chicos. En realidad, haciendo honor a la Verdad, durante el tiempo que le conocí jamás había tenido con To una extensa conversación. Pero sin saber ni por qué Sí, ni por qué No, sentí de repente una enorme curiosidad.


—¡Oye, To! —le pregunté—, ¿por qué te encuentras tan triste?


—¿Te pasa algo? —continué.


—Busco a un Amigo, un Gran Amigo —contestó.


—Pero no soy capaz de encontrarlo —continuó de forma entrecortada.


—¿Cómo se llama ese Amigo tuyo? —interrogué.


—¡Albany, Bifredo de Albany! —me contestó lloriqueando.


—Hombre, ¡no llores!, yo te ayudaré a encontrar a ese Albany y verás qué bien —intenté consolarle, sin saber, con exactitud, de qué se trataba el problema de mi antiguo Amigo.


—No puedes ayudarme —dijo, mascullando unos vocablos apenas audibles—, es un problema mío y sólo yo puedo solucionarlo. No me extrañó, en absoluto, la forma de contestarme To. Todos quienes lo conocíamos éramos conscientes de que se trataba de un Ser solitario, Introvertido y por ello Inhabitual.


Continué interrogándolo, con el fin de intentar sonsacarle alguna información más.


—¡Vamos a ver, To!, ¿para qué buscas a tu Amigo Bifredo de Albany?


—¿Sabes? —continué—, me tienes muy intrigado.


—Bifredo tiene algunas respuestas para algunas cuestiones que me hago.


—¡Caray! —exclamé—, con un poco de suerte, yo te las podré contestar.


—¿Sí, de veras...? —saltó de alegría.


A ver, ¿qué preguntas son esas? —interrogué mientras le mostraba, con una sonrisa, mi dentadura.

Íbamos, To y yo, caminando ensimismados en una conversación a la que no di trascendencia alguna, y por la que perdí, en poco tiempo, toda atención. Era la hora del Ángelus. Una mañana soleada y agradable. Pasamos por lindas callejuelas, donde las paredes de los edificios parecía que fuesen a desplomarse, con deslumbrante brillo, sobre los incautos caminantes.


A pesar de la vejez de la barriada, la vista del entorno visible era más que tonificante para el Alma, ya que las buenas gentes que allí habitaban eran trabajadoras y limpias.


El potente y vertical Sol dibujó halos fulgurantes sobre todo aquello que se encontraba al amparo de su majestuoso trono. Alguna linda mariposa hizo que desviase mi, ya tenue, atención sobre la conversación, monólogo, que mi amigo había mantenido. Pasamos, también, delante de unas bellas damas cuya principal ocupación consistía en sacar agua de un pozo bellamente encalado.


Una pequeña abeja, posiblemente atareada en la recolección del polen de las muchas y olorosas flores del Lugar, hizo que recobrara mi atención hacia las palabras de mi Amigo.


—Bellas mariposas las de este año —sonreí, intentando disimular mi imperdonable, por consciente, despiste.


—Miguel —me reprochó To—, no eres demasiado buen amigo. No has atendido a lo que yo te decía.


—Tú me preguntas —continuó—, pero luego no haces caso.


—Perdona, To, ha sido sin querer —de sobra sabía que estas últimas palabras eran pura mentira.


La rojez de la vergüenza debió aflorar en mi rostro. Ciertamente, en ocasiones, pretendemos querer ayudar a los que consideramos nuestros amigos; pero a la hora de la verdad, cuán poco, o nada, nos interesan aquellos problemas que nos plantean. En ese instante, no fui capaz de comprender que la angustia que sentía To no dejaba de ser mi propio pesar.


—¿Me repites las preguntas? —dije a mi Amigo, poniendo cara de cordero y asumiendo una atención que me costó mantener.


—¿De dónde vengo...? ¿Qué hago aquí...? Y sobre todas las cosas: ¿cuál es mi destino?


Quedé anonadado al escuchar aquellas más que palabras. Quizá en algún momento..., pero ¡No! Nunca me había preocupado, en demasía, de aquellas cuestiones. En este siglo todos teníamos el buche lleno y no había gran cosa de qué preocuparse.


—¡To! —pregunté airado y más intrigado si cabe—, ¿quién es ese Albany? Amigo mío. ¿No será alguien de militancia dudosa que te esté comiendo el coco o, lo que es peor, sacándote tus dineros? Nada más pronunciar aquellas palabras, To rompió a llorar con amargura.


—No digas eso —recriminó, entrecortadamente, mis anteriores palabras.


—Por favor, To, perdóname de veras... ¿Qué ha sido...?


—No —me interrumpió, tú no tienes culpa alguna. Además Bifredo de Albany no existe. Bueno, sí existe; pero no como te lo puedes imaginar. No obstante, prometiste que contestarías a mis preguntas.


Quedé en silencio absoluto. Durante unos instantes, pude verme en un grave aprieto del que nadie podría ayudarme a salir.


El ruido de los coches eléctricos y de las motocicletas ingrávidas rasgó con violencia mi torturada mente; de algún modo, inconscientemente, pretendía perderme entre las irritantes consecuencias de la civilización del siglo XXIV. Tierra, trágame, eran las palabras que repetía una y otra vez en el más puro y cósmico silencio. Pero No, la Tierra no tenía ninguna intención de engullirme en sus entrañas. Estaba condenado a enfrentarme, con todas las consecuencias, al problema que se me había planteado y que no dejaba de ser algo inherente a mi propio destino.


Decidí, por una vez en la Vida, decir la Verdad.


—La verdad, To, es que si pudiera te contestaría a tus graves preguntas; pero esto no me lo esperaba. Creo que es demasiado para mí.


—Y si ese Albany no es normal —me arranqué—, es decir, si no es real, ¿es imaginario?


—¡No! —dijo con suma taxatividad—, es absolutamente Real; pero es el auténtico, el único Amigo de Verdad que tengo.


—Tú —continuó su disertación—, tú también tienes a tu Avatar personal, con otro nombre, seguro; pero seguro que lo tienes.


—Pero, ¿quién es ese Albany? ¡Caray! ¿Por qué me lloraste antes? —pregunté enfadado más por mi propia ignorancia que por sentirme vacilado. To había dejado de llorar.


To sonrió, con su característica gracia, al mismo tiempo que otra sonrisa decoraba con sinceridad mi propia faz.


—Lloraba —comenzó a contarme—, porque yo he conocido a mi propio Avatar, Angel Guardián o Ser interno; pero, sin embargo, he perdido su paradero. Ahora lo busco; pero tanto y tanto he indagado en todo, que mi Señor Albany ha desaparecido dentro del intrincado laberinto del falso conocimiento. Entonces To comenzó la siguiente narración, la cual no pude por menos que escuchar con suma atención.

“Hace ya muchos años, cuando aún era chiquito, en otro tiempo, en otro mundo, yo, To, me hacía las mismas preguntas que te he planteado y empecé a estudiar, leer e indagar en los lugares más insospechados que persona alguna pueda imaginar. Mi mente, conforme iba pasando el tiempo, se iba hinchando de conocimiento vacío; pero la sabiduría no terminaba de llegar. Pasó una cierta cantidad de años y volví mi vista hacia el pasado, para comprobar en qué posición del camino me encontraba. Me angustié, con razón, cuando contemplé que mis ímprobos esfuerzos no habían dado resultado. Algún paso atrás había dado; pero nada había avanzado”.


“Triste, pero calmado, paré mi aparente avance y permanecí en silencio. El silencio que sólo proporciona la auténtica soledad. No pasó mucho tiempo cuando comprobé que en mi interior una pequeña luz amaneció y que en breve aumentó hasta proporcionarme inmensa paz y mayor felicidad. No se trataba de conocimiento humano; pero era cierto que una sabiduría, por mí hasta entonces desconocida, se desplegó como un diorama ante mi mente. Todas las dudas que hasta entonces me habían embargado, quedaron aniquiladas”.


“Según progresaba el tiempo, la luz fue haciéndose mayor hasta inundar todo mi Ser y la certeza se entronó en mi corazón. En esos instantes, comprendí quién era yo. Supe de dónde venía y cuál era mi cometido o destino para con el Mundo y los hombres”.


“Esa luz se me dio a conocer con el sagrado nombre de Bifredo, Señor de las orientales tierras de Albany, porque había despertado mi consciencia pero también Servidor porque ese era mi principal cometido: ser útil a la ascensión de la humanidad. Albany era un Ser excelso que no dejaba de formar parte, intrínseca, de mi propia Persona. Era una sensación difícil de explicar aunque verdaderamente extraña. Como un huésped del que yo fuera su anfitrión”.


“Pero, con tristeza, debo confirmar que el Señor de Albany desapareció de mi Vida y jamás hasta el presente volvió a alumbrar mi Camino. Ahora, intento descubrir sus pasos; pero dentro del laberinto del conocimiento me he extraviado y tengo miedo, mucho miedo, de haber perdido su rastro para siempre. Y lo perdí porque volví a la Vida anterior de buscar y conocer..., buscar y conocer. Fue la ansiedad, la disconformidad con la plenitud de la Sabiduría, lo que me hizo caer en las abominables garras de los sastres que tejen majestuosos trajes de invisible hermosura”.


“Yo y Albany formábamos una unidad; pero cuando me dejé llevar por los embustes, sofismas de los falsos tejedores, sofistas, mi Señor se fue, abandonándome, pues no quiso ser cómplice de mi propia ruina. Todavía me quedaba mucho que aprender por mí mismo”.


“Yo era un escogido, un elegido, como todos, como tú mismo; pero había decidido que mi camino no podía resultar tan fácil y mucho menos encontrarse dentro de mí mismo, por lo que no me quedó otra opción que volver a preguntar a los de fuera, a los demás. En un principio lo hice por pura curiosidad con el afán de conocer los inexistentes vestidos que usa la falsedad para engañar al Caminante”.


“La curiosidad mata al gato. ¡Cuánta Verdad hay en ello!”.


“¡Si me hubiese dado cuenta antes…!“.


“La Verdad sólo es Una y se encuentra dentro de nuestra Consciencia. Sin embargo, la mentira es multifacética y posee muchos matices, apareciendo majestuosa ante sus potenciales víctimas. Se puede decir que la Verdad es Una; sin embargo, realidades, embustes, hay para todos los gustos”.


“Todos los falsos caminos, tejidos de los falsos tejedores, son verdades a medias. No hay otra forma más fácil de engañar al buscador que decirle sólo una parte de la Verdad; pero, eso sí, adornadas con las guirnaldas propias de la vanidad”.


“La Verdad que me mostró el Avatar Albany decía: La Verdad debe de venir a ti”.


“La Verdad a Medias me dijo: Tú tienes que buscar la Verdad”.


“La Verdad de Albany me apremiaba: La Verdad te hará ser Bueno”.


“La Verdad a Medias me asustaba: Tienes que ser Bueno para poder encontrar la Verdad”.


“Y así un sinfín de etcéteras; pero bajo esa situación, ¿cómo podría saber cuál es la auténtica Verdad y qué la verdad a medias? Lo hubiese sabido, Amigo mío, si no me hubiese dejado llevar por el narcisismo, el orgullo y la vanidad. Si hubiese escuchado la sonora Voz de mi Avatar interior”.


“Es por dicha razón que debo de encontrar a Bifredo. Porque sigo perdido en la jungla de la vanidad del conocimiento, y son tan altos los árboles del bosque que no me permiten vislumbrar ningún horizonte. Estoy ahogándome y no me doy cuenta de que tan solo tengo que sacar la nariz del agua con el fin de poder respirar; pero sin embargo, mantengo una actitud de tozudez que terminará por asfixiarme. En el mundo del engaño, mientras más increíble sea una verdad a medias, más gancho tiene para embaucar al buscador. ¡Podrás atravesar paredes, harás grandes prodigios y viajarás por el Tiempo y el Espacio con el Poder de tu Mente. Ganarás Dinero y tendrás al Mundo en tus manos...!”.


“Los falsos tejedores atrapan al Rey, yo del Hombre, por la propia vanidad y egoísmo de éstos”.


“Todos somos Reyes, pues poseemos algo en el interior de nuestro corazón que pertenece a la aristocracia de Prometeo, la Luz de Lucifer, el conocimiento ancestral de toda la Humanidad precedente, nuestros avatares”.


“Es un camino Fabuloso, lleno de Piedras Preciosas, Esmeraldas y Diamantes, dicen los tejedores que atrapan, en sus redes de espejismos, a los reyes incautos; pero Amigo, es harto difícil seguir el camino y tan solo los constantes son capaces de finalizarlo, siguen diciendo. Todos nos sentimos, en algún momento de nuestras vidas, capaces de ser constantes y nos esforzamos por seguir los preceptos que nos imponen. La consecuencia de todo ello es que asimilamos como Realidad lo imaginario, con tal de no descubrir nuestra Real desnudez, ineptitud, incapacidad y estupidez. Es entonces cuando nos dejamos llevar por uno de los caminos de fantasía y verdades a medias, que conocemos como realidades, cuyos conocimientos asimilamos falsamente como si fuesen La Verdad”.


“El conjunto de los elegidos, confundidos en los subconjuntos del espejismo de las distintas realidades, conforma el descomunal monumento que se ha erigido a la Estupidez Humana”.


“Todos los reyes, engañados por los tejedores, saben a ciencia cierta que todo es falso; pero dudan ante la fe de los demás, y ante dicha duda demuestran creer, a pies juntillas, en los preceptos cuando se encuentran ante sus iguales. Todos están engañados, pero nadie descubre sus dudas ante los presentes”.


“Pero eso no es lo peor de todo, sino que los de fuera, los que no tienen que ver con esa trama de verdades a medias y comprueban que son muchos los que penetran en el Templo de las verdades a medias, piensan de corazón que Verdad allí tiene que haber”.


”Es algo así como el antiguo refrán castellano de: Cuando el Río suena es que Agua lleva”.


“Ante esa situación, Miguel —continuó To con su relato—, caí una y otra vez durante el transcurrir de mi Camino, pues mi orgullo y narcisismo me impulsaron a buscar con mis propios medios sin la necesidad de alguna fuerza Superior. La Fuerza del Yo Interno. La Fuerza de la Intuición que me proporcionaba mi Avatar”.


“No obstante, Amigo mío, algo de honestidad quedaba en mi Corazón y ello me impulsó a salir de las veredas de los falsos caminos y con ello volví a encontrarme de frente con la auténtica Realidad: la más espantosa soledad. No contento con haber perdido a mi auténtico Amigo Interior, había contribuido, con mi autoengaño, al engorde de uno de los falsos caminos. Por eso estoy triste, Amigo mío; no sólo me he perdido yo, sino que he contribuido a que muchos inocentes se extravíen de igual modo. La soledad que encontré, cuando comencé a despertar, se fue haciendo cada vez más insoportable y volví a buscar de nuevo; pero en esa ocasión caí en un error mayor que el anterior. La serpiente se mordía la cola. El Universo había entrado en un ciclo sin final”.


“Se parecía tanto a la Verdad… Utilizaban la misma Jerga. No sé... Yo, que cuando había conocido a Albany pensaba que nada me haría tambalear, ahora me sentía como una partícula de plumón mecida al antojo de siniestros vientos estelares”.


“En ese instante, había encontrado mi verdad. No la Verdad, sino mi verdad. La peor de las verdades a medias: La realidad. Ahora la verdad parecía más lógica. Más creíble. De hecho era pragmática y agnóstica, pudiéndose medir, calibrar y estudiar”.


“Pero yo me pregunto, Miguel: La Verdad, ¿tiene necesidad de parecer lógica? La Verdad, ¿es necesario que sea creíble? Durante todo el tiempo que había permanecido en soledad, La Gran Verdad a Medias, Madre de todas las realidades, se había reforzado y perfeccionado hasta confundirse con la Verdad. La Gran Verdad a Medias era más digerible que la propia Verdad”.


“Pero, ¿qué es la Verdad, Miguel, mi Amigo?”.


“Yo había sentido lo que era la Verdad y podría volver a reconocerla, ya que Bifredo me la había mostrado día a día, cuando disfrutaba de su compañía; pero ahora mismo no lo sé ni la siento. Soy como un cascarón vacío. Como la simple sombra de algo trascendente”.


“La Mentira, el Embuste, había llegado a la imitación cuasi perfecta; esa que había logrado engañar incluso a los científicos mejor formados. Yo en estos momentos vibro a una frecuencia diferente de la de mi Ser Interior. Estamos desintonizados o fuera de resonancia. Soy incapaz de escuchar su melodiosa y angustiosa voz: To, despierta, ¡carajo!, que ya es hora, me dice”.


“En esa triste situación, Miguel, mi Amigo, me encuentro”.

Había terminado la disertación de To.


Mi rostro me pareció inerte, alucinado sería la palabra correcta, para intentar definir mi situación tras haber escuchado tan extraña historia con tan sabias palabras.


En esa situación no supe si sentir lástima por él o por mí mismo; porque, de algún modo que no pude comprender, me sentía identificado con la situación emocional de mi Amigo To.


Eso era, debía sentir más lástima por mí; pues al menos To había poseído, durante su Vida, una inquietud mental de tal calibre que lo había llevado a plantearse cuestiones transcendentes; sin embargo, aquí y ahora, yo mismo, ¿qué he sido y qué soy? Más bien, ¿qué he hecho por alimentar a mi Ser Interno durante toda la vida?


Nada, era la respuesta más coherente. De hecho era la única respuesta. To notó que mi semblante había cambiado a una tonalidad blanquecina y que mis cuerdas vocales habían enmudecido.


—Miguel, Amigo, ¿qué te sucede? —me interpeló, preocupado—. Mi charla te ha importunado, ¿verdad...? ¡Algo te preocupa de veras!


—No pasa nada, en absoluto, Querido To. Yo, iluso de mí, pensaba que podría responder a tus singulares preguntas, esas que tanto te preocupan; sin embargo, ya ves, aquí estoy planteándome, por primera vez, esos interrogantes que tú llevas haciéndote durante toda la vida.

Parece mentira cómo pasa el tiempo cuando una conversación trasciende de la cotidianidad.


Ya las mariposas debían estar reposando la noche y sus primas, las palomitas y polillas, habían aparecido, revoloteando alrededor de las recién encendidas y frías luces de la ciudad.


Las estrellas habían empezado a vislumbrarse en la profundidad del firmamento y el Sol ya desaparecía en poniente. Todo un día de nuestra Vida había pasado sin haber sentido la necesidad de comer u otras necesidades corporales. Ahora que pensaba en esas menudencias de la vida física, fui consciente del dolor que me había causado el sol directo; así como la falta de ingestión de alimentos.


Algo extraordinario se había producido en la faz de To durante el tiempo que había durado nuestra íntima conversación.


—Te encuentras mejor —le dije a To, sonriente.


—Sí, amigo mío —dijo—, tu capacidad para escuchar ha producido un verdadero milagro. Mira a nuestro alrededor.


—¿No crees que todo es más bello ahora? ¿Consideras que ahora todo tiene otro sentido? ¿Escuchas el sonido que producen los grillos, al frotar sus élitros, con el fin de atraer a sus hembras?


Así me hablaba el Maestro To. Me sentía, en esos momentos, como uno de los elegidos. Un despierto ante la inmensidad y complejidad de la tela de araña que era el espacio-tiempo del Universo que nos rodeaba. Me sentía como alguien a quien se le hubiese dado una oportunidad que probablemente no merecía. Me sentía dichoso. La noche era templada y una suave brisa acariciaba, con maternal amor, nuestro rostro.


Bendita sea, por toda la Vida, la hora en que me dirigí al que yo pensaba que era un pobrecillo retrasado mental, el tonto del pueblo, digno de mi lástima. Pobre Miguel, pienso ahora.


Pobre de la humanidad.


Mi aspecto cambió desde que terminara de conversar con To; parezco menos alegre, eso es cierto, pero mi interior rebosa de alegría. Aquel día fue crucial para To, pues descubrió que Albany solo dormía. Jamás le había abandonado, pues Bifredo, Señor de Albania, era él. Ya no podía verse como algo aparte de su Ser Interno, sino que éste había crecido dentro de su corazón y se había integrado, definitivamente, en su Vida.


Ahora lo sé. To nunca buscó a Albany, pues Albany siempre había estado con él. To me buscaba a mí y To me había encontrado. Buscaba un discípulo a quien transmitir sus íntimas enseñanzas y lo halló en mí.

Aquella noche que siguiera, como es natural, a la mañana del Ángelus, fue alegre para mí; pero triste para el Mundo.


—Maestro —pregunté a To—, ¿cómo puedo llegar al conocimiento del que tú has bebido?


—Miguel —dijo—, no debes llamarme ni a mí ni a nadie Maestro. ¿Entiendes? Nadie debe decidir por ti. Sólo tu Ser Interno. Tus genes. Tu Avatar interior, como quieras que se llame, es el único que te puede mostrar el Duro Camino que transita hasta la Sabiduría. A partir de ahora, sabiendo que tu Ser Interno se comunica contigo por medio de la intuición, el Camino de la Vida y de la Verdad te será algo más leve, pues tendrás acceso al conocimiento de ti mismo; es decir al conocimiento de todo el Multiverso.


—Maestro... —intenté volver a cuestionar.


—Si quieres preguntar al Maestro, medita y pregúntate a ti mismo —me interrumpió.


—Miguel —me dijo con seriedad—, he encontrado el Amor, el Inegoísmo, y al hacerlo he descubierto que Albany nunca me abandonó. De hecho, Albany siempre he sido yo.


—Entonces, Bifredo, ¿qué andabas buscando? —pregunté.


—Evidentemente a ti —me contestó con severidad.


—¿Para qué To Bifredo?


—Con el único fin de que siga Viva la Llama del Maestro.


—¿Tendré que fundar alguna Escuela? ¿Por qué no la fundaste tú?


—Nadie, repito, nadie que tenga en su consciencia el Poder del Maestro deberá arrastrar prosélitos, pues el Maestro es diferente para cada uno de nosotros. Las enseñanzas de Uno no valen para los demás. La Enseñanza siempre es individual, así como la medicina que alivia los problemas gástricos no tiene por qué servir para los cardiovasculares. Por eso, Amigo mío, Hijo mío, jamás deberás fundar un Centro que muestre las enseñanzas del Maestro y que termine por confundir a las gentes. De hecho, sería una contradicción.


—Entonces, ¿por qué me dices todas estas cosas, me das todas estas directrices?


—Llegará el día, Miguel, en que tú también deberás mostrar a tu discípulo la existencia de su Maestro Interior.


Esas fueron las últimas palabras que pronunció To. Después de darnos un fuerte abrazo, de carácter místico, marchó en silencio y lentamente hacia la lejanía.


Nunca olvidaré aquellos ojos cargados de lágrimas, sin derramar, que se despedían de mí con una sonriente ingenuidad así como triste añoranza. To nunca fue célibe de corazón y marchó en busca de su Alma Gemela, Laura Star Light, y de su triple descendencia. Adiós, To, que prosigas tu trabajo en otros lugares más luminosos y elevados; así como que tu sagrado recuerdo me sirva para llevar a cabo mi ardua y dura tarea.


Adiós, Albany, que te llevaste a otras esferas de influencia a mi tierno amigo To. Espero poder encontrar, algún día, a tu igual en mí. Mucha tarea me esperaba para ser realizada.




“Duro trabajo de esfuerzo y Soledad.

Esa es la búsqueda de uno mismo.

Esa fue la búsqueda de To.

Así será nuestra búsqueda, querido lector”


Donde confluye el horizonte, una cortina teleportadora elevó la figura del Maestro hacia alguna dimensión desconocida, en busca de respuestas y alguna que otra aventura.


Yo, Miguel, en Vieja Tierra, seguiría esperando su retorno.

Aralba