miércoles, 25 de enero de 2023

Lección 172, Noveno Grado, Tercera Orden

 "Ritual Grado 18°  Caballero Rosacruz" (Rito Heredom)


-La búsqueda de la Palabra Perdida-


¿Cómo Opera en Francmasonería el rosacrucianismo?


En principio, los actores de este poderoso «psicodrama del Siglo XVIII» visten de etiqueta para participar en él; la decoración de la Logia y los ornamentos individuales son también bellos y costosos.


Ello explica, sin duda, las «simplificaciones» (por no decir las «alteraciones») que a veces sufre este ritual en las obediencias llamadas democráticas.


El Presidente de Logia se llama: Sapientísimo,


Los vigilantes: Primer y Segundo guardianes; se les llama: Maestros Perfectos.


El Secretario: Canciller; el Orador: Caballero de la Elocuencia; los miembros son: Caballeros.


El Templo está tapizado en negro, con un suelo de mosaico negro, rojo y blanco. En el Oriente hay una cortina negra, detrás del Sapientísimo; tras este velo se encuentra un Altar sobre tres gradas, revestido con un paño negro salpicado de llamas rojas y blancas. Sobre el Altar, tres cruces de madera negra: la del medio lleva en el centro una rosa de oro rodeada de una corona de espinas de plata. Las otras dos cruces, de igual tamaño, están inclinadas la una hacia la izquierda y la otra hacia la derecha; llegado el momento, son iluminadas por dos cirios amarillos.


En el centro del Templo hay un cuadrado o una alfombra roja donde hay dibujada una triple línea blanca que comprende tres cuadrados igualmente blancos y dispuestos en triángulo. En cada uno de los cuadrados se encuentra una columna egipcia truncada. Entre las columnas, un cuadrado blanco más grande indica el emplazamiento de una piedra cúbica sobre la que se dispone una rosa roja y un candelabro con un cirio amarillo


A la derecha de la cortina que oculta el Altar hay una pequeña mesa, cubierta con un tapiz negro, sobre la que están el Libro de la Sabiduría, un compás, una escuadra y un triángulo. Hay colocada una espada a través del libro. También, un candelabro con un cirio amarillo.


A derecha e izquierda del Altar hay dos cuadros que representan, el de la derecha, una montaña con la palabra «Heredom»; el de la izquierda, el pelícano «en su piedad».


Por encima del Altar, a una cabeza, se encuentra un águila heráldica negra.


A cada lado de la puerta: a la derecha, una rosa sobre una cruz negra vertical, signo de los masones escoceses; a la izquierda, una cruz de San Andrés con la figura del santo cuartelada y cuatro llamas que brotan de las cuatro extremidades de la cruz.


Todos los Hermanos llevan una espada. Solo el Sapientísimo tiene un sitial para sentarse.


Apertura de los trabajos:


Los miembros están adornados con la cinta puesta por el lado negro con la cruz roja. Ningún signo distingue a los oficiales. No hay ningún estrado para los oficiales y todos están situados en la sala indistintamente y sin observar los lugares tradicionales de la Logia.


El Sapientísimo da un golpe con el pomo de su espada sobre la mesa.


Sapientísimo: —Muy Respetables y Perfectos Caballeros Hermanos míos, ayudadme a abrir el Capítulo Rosa + Cruz.


Primer Guardián: —Caballeros Hermanos, ayudemos al Sapientísimo a abrir el Capítulo.


Sapientísimo: —Excelentísimo Maestro Perfecto Primer Guardián,

¿Cuál es vuestro cuidado?


Primer Guardián: —Ver si el Capítulo está bien cubierto y asegurarme, Sapientísimo, de que los Hermanos aquí presentes son todos Caballeros Rosa+Cruz


Sapientísimo: —Aseguraos, pues, y dadme cuenta de ello, Excelentísimo Caballero.


Los dos guardianes circulan entre los Hermanos. Se hace el signo. El Segundo Guardián va a asegurarse de que la puerta está cerrada.


Primer Guardián: —Sapientísimo, todos los Hermanos son Caballeros Rosa+Cruz.


Segundo Guardián: —Sapientísimo, el Templo está a cubierto.


Sapientísimo: —Respetabilísimo y Maestro Perfecto, ¿qué hora es?


Primer Guardián: -Sapientísimo, es la hora en que, habiéndose rasgado el velo del Templo, las tinieblas se esparcieron sobre la Tierra, la Luz fue oscurecida y se rompieron las columnas y los útiles de la Verdadera Masonería. Es la hora en que desapareció la Estrella resplandeciente y se perdió la Palabra.


Sapientísimo: —Puesto que la Verdadera Masonería experimenta tal tribulación, empleemos, Hermanos Caballeros, todas nuestras fuerzas para recobrar la Palabra y abramos de nuevo el Capítulo Rosa+Cruz. ¿Qué es preciso para que un Capítulo reemprenda Tradicionalmente sus Trabajos?


Primer Guardián: —La Verdadera Masonería, Sapientísimo, imagen del Universo, está sumida en la tristeza y la desesperación. Del mismo modo que la Luz Santa ha brotado del Caos, fecundando la Naturaleza, y que los elementos nacieron de la arena húmeda, así, como lo dice Hermes Trismegisto, hagamos aparecer por encima de la confusión y el desorden la Santa Luz de la Sabiduría, a fin de que, hallándose todas las cosas separadas por el Fuego, nuestra obra sea promovida por el espíritu, como lo fue la obra de los Divinos Seres circulares.


Sapientísimo: —¡Venga, pues, esta Santa Luz de la Sabiduría a iluminar a los Caballeros aquí presentes a la hora misteriosa en que van a reemprender sus trabajos!


El Primer y Segundo Guardianes se acercan al Sapientísimo y le acompañan al centro de la alfombra, pero solo el Sapientísimo penetra en ella. El Sapientísimo enciende el candelabro sobre el Altar entre las tres columnas, al lado de la Rosa. En ese momento el Templo se ilumina un poco. 


El Sapientísimo (elevando las dos manos): —¡Tus rayos sean glorificados, Dios Único y Vivo, Eterno Vivificador!


Primer Guardián: —¡Alabémosle, Espíritu Puro y Todopoderoso, y Gloria a tu Hijo amadísimo!


Segundo Guardián: —Alabad al Dios vivo, y tendréis la Vida. Os anuncia el camino de la Salvación.


Sapientísimo: —Respiro el dulce aliento de Tu boca, admiro Tu hermosura cada día, mi deseo es que pueda oír Tu dulce voz incluso en medio del Viento del Norte y que Tú rejuvenezcas mi cuerpo por Tu Amor. Dame Tu mano para que ella me comunique Tu Espíritu y que yo pueda vivir por Él. Llámame a la eternidad a fin de que viva siempre.


Baja las manos y las cruza sobre su pecho: Dirigiéndose al Primer Guardián: «Ave, Frater...».


Primer Guardián: —Rosae et Aurae crucis [salutación de los antiguos R+C.].


El Sapientísimo hace el signo de petición: ojos al cielo, manos a la altura de la frente, dedos entrelazados, y deja caer las manos sobre su vientre. Todos hacen el signo de respuesta: levantar la mano derecha a la altura de la frente, el pulgar y los otros dedos cerrados, salvo el índice, que apunta hacia el cielo. Después el Sapientísimo se pone en el signo del Buen Pastor, brazos cruzados, manos separadas sobre el pecho. Todos le imitan. A continuación abre el Evangelio (o el Libro de la Sabiduría).


Sapientísimo.—Sacra, quorum mysteria sic tractaturi venitis palum dignis, clam profanis sancto. [Palabras de Blas de Vigenéres, alquimista R.C.]


Se vuelve hacia Oriente y hace una ligera genuflexión; todos le imitan. Vuelve a su lugar; los Vigilantes se mantienen de pie en sus puestos normales como si tuvieran unos estrados; los oficiales hacen otro tanto. Todos los miembros quedan situados alrededor del Templo.


El Sapientísimo, en el Oriente, tras su mesa, toma la espada y la levanta por la hoja, la empuñadura en el aire, de modo que levanta una cruz. 


Sapientísimo.—Respetabilísimos Hermanos Caballeros, el Capítulo

Rosa+Cruz está abierto, y los trabajos del Soberano Capítulo N... toman de nuevo fuerza y vigor.


Vuelve la punta de la espada en el aire y golpea seis veces y una vez con el pomo sobre la mesa. A partir de este instante no se debe jamás entrar o salir, o pasar delante del Oriente, sin apuntar una ligera genuflexión en dirección al Oriente.


Recepción de un Rosa+Cruz (decimoctavo grado)


Sapientísimo.—Respetabilísimos Hermanos Caballeros, ¿qué asunto nos reúne?


Primer Guardián.—Sapientísimo, la propagación de nuestra Respetable Orden y la perfección de un Caballero de Oriente que solicita ser admitido entre nosotros.


Sapientísimo.—Tened la bondad de dar lectura a la solicitud del Postulante.


El Primer Guardián lee la petición:


«El Suplicante N... advierte muy humildemente a los Hermanos de la Rosa+Cruz que, visto su deseo de llegar a la perfección de la Verdadera Masonería, y estando en este momento reunidos, tengan a bien admitirle en el número de los Caballeros Rosa+Cruz. El Suplicante no cesará de hacer votos al Cielo por la prosperidad de la Orden y la salud de todos los Caballeros».


(Se da constancia de su firma, grados y títulos, fechas de los aumentos de salario, nombre de la Logia Madre de donde procede, e indicación del Rito.)


Un Hermano abre la puerta del Templo al Postulante, que se mantiene detrás, con los distintivos de su grado. Se le invita a permanecer en el umbral y a ponerse rodilla en tierra.


Primer Guardián (al Candidato).—Hermano, todos nuestros templos están demolidos, nuestros útiles y nuestras columnas están rotos


La Palabra Sagrada está perdida. A pesar de todas nuestras búsquedas, ignoramos los medios de volverla a encontrar. Puesto que postuláis vuestra admisión entre nosotros, ¿queréis ayudarnos en esta búsqueda?


El Candidato consiente.


Un Hermano abandona entonces el Templo y se reúne con él. La puerta del Templo se cierra de nuevo tras ellos. En el Templo todo queda en silencio. El Hermano verifica la instrucción simbólica del Candidato; a continuación le conduce a la puerta del Templo y le invita a llamar con los golpes de su grado o, si ha lugar, con los de Caballero de Oriente.


Mientras tanto, en el Templo se disponen tres cuadros a los pies de cada una de las tres columnas. En dichos cuadros hay, sobre fondo negro: la Fe, en blanco; la Esperanza, en verde; la Caridad, en rojo.


Cuando el Postulante ha llamado:


Sapientísimo.—Ved quién llama de ese modo...


El Primer Guardián va a la puerta y la entorna, de modo que el Postulante pueda entrar.


Primer Guardián.—Es un Hermano, un Francmasón extraviado en el Bosque místico, que ha perdido la Palabra cuando la segunda destrucción de los Templos, y que aspira, con nuestra ayuda, a reencontrarla...


Sapientísimo.—¡Que le sea concedida la entrada en nuestro Templo en ruinas! Así comprobará ese Hermano que aquellos a quienes se dirige se encuentran en igual consternación...


El Candidato es introducido y se cierra la puerta tras él.


Está de pie entre las columnas y solo.


Sapientísimo.—Hermano, ¿qué queréis ver y oír? ¿Qué deseáis aprender y conocer?


El Candidato responde según su corazón. Tras un corto silencio…


Sapientísimo.—Hermano, a esas cuestiones Poemandrés respondió: «Medita primero sobre la Luz y llega a conocerla».


Y nosotros, los aquí reunidos, aún estamos en esa meditación: ved, pues, que apenas nos es posible concederos lo que pedís, puesto que continuamos buscando.


Sin embargo, no tenemos en absoluto la intención de mantenernos en la ociosidad. El Hombre, dice también Poemandrés, que fue una armonía superior, al haber querido penetrarla, ha caído en la esclavitud. Pero le ha sido dicho: Tenéis una parte de inteligencia; vosotros a quienes se concedió una chispa, conoced vuestra propia naturaleza y considerad vuestra inmortalidad. El amor de vuestra porción corporal sería causa de vuestra muerte.


Así pues, esperamos alcanzar esta iluminación por el espíritu de sacrificio. Buscamos encontrar de nuevo la Palabra por una ley nueva, pues dice también Hermes Trismegisto: «Habrá grandes y memorables trabajos sobre la Tierra, y todas las obras perecederas serán renovadas por la marcha periódica y regular de la Naturaleza. Pues lo Divino es el orden del mundo y su renovación natural, y la Naturaleza se halla establecida sobre lo Divino».


¿Tenéis la intención de seguirnos?


El Candidato responde…


El Introductor le toma entonces de la mano y le hace dar una vuelta alrededor del Templo para llevarle ante la columna Sabiduría, le muestra el cuadro: Fe. Una segunda vuelta le lleva ante la columna Fuerza, con detención ante la Esperanza; una tercera ante la columna Belleza, con detención ante la Caridad. Cada vez que se pasa delante del Oriente se hace una ligera genuflexión. Finalmente, el Candidato queda de nuevo entre las columnas.


Primer Guardián.—Sapientísimo, los viajes han terminado...


Sapientísimo.—Hermano, ¿qué habéis aprendido en esos viajes?


Se le susurra la respuesta al Candidato. Respuesta: ¡Tres virtudes para guiarme! Decidme si hay otras. 


Sapientísimo.—Hermano, esas inscripciones contienen los principios que nos mueven. Aproximaos y venid con nosotros, para contraer el compromiso de no apartaros jamás de esta ley nueva.


El Candidato es conducido ante el Sapientísimo e invitado a arrodillarse. Sitúa sus manos sobre la espada puesta sobre el Libro de la Sabiduría. El Sapientísimo le aplica la parte plana de la hoja de su espada sobre la cabeza y le hace repetir la promesa:


Candidato.—«Prometo, por mi honor, no revelar jamás los secretos de los Caballeros del Águila, conocidos bajo el nombre de Rosa+Cruz de Heredom, a ningún hermano de grado inferior, ni a ningún profano; tampoco revelar jamás el lugar en que fui recibido, ni por qué personas. Consiento en que las más rudas congojas del alma sean mi suerte, si contravengo las leyes que me van a ser prescritas. ¡Que el Sublime Arquitecto de los Mundos venga en mi ayuda!


Sapientísimo.—Todo está consumado...


Los Hermanos se cubren el rostro con sus manos. El Templo está a oscuras; solo brillan aún en él la luz del Sapientísimo y la del Altar central.


El Sapientísimo quita las insignias de su grado al Candidato y le pone una cinta negra adornada con una cruz roja.


Sapientísimo.—Este hábito, hermano, debe recordarnos por sus ornamentos nuestra creencia y lo que constituye el punto principal de nuestros misterios.


Pasad al Occidente, nos ayudaréis a buscar la Palabra Perdida...


Se lleva de nuevo al Candidato a las columnas.


Sapientísimo (da seis golpes y un golpe).—¿Qué motivo nos reúne, Hermanos Caballeros?


Primer Guardián.—Sapientísimo, la Piedra cúbica está expuesta, por los extravíos de los hombres, a todos los sacrilegios.


Sapientísimo.—¿Qué significa ese misterio?


Primer Guardián.—La Pérdida de la Palabra que con vuestra ayuda esperamos encontrar...


Sapientísimo.—¿Qué hay que hacer para conseguirlo?


Primer Guardián.—Tres virtudes, que permanecen grabadas sobre tres columnas rotas, nos guiarán.


Sapientísimo.—¿Dónde están?


Primer Guardián.—Lo ignoro, pero brillan incluso en la oscuridad más

profunda...


Sapientísimo.—¿No ha sido dicho: Buscad, y encontraréis? ¡Viajemos, pues, y no perdamos de vista los sentimientos que nos guían!


El Sapientísimo se pone a la cabeza de la procesión y todos los Hermanos le siguen por orden jerárquico, el Candidato el último. Se dan tres vueltas al Templo. En la tercera, se sale de la sala y se da la cuarta en la habitación contigua; durante ese tiempo, dos Hermanos que han quedado en el Templo preparan unos estrados revestidos de rojo para los oficiales, revisten a su vez de rojo el estrado del Sapientísimo y colocan unos candelabros de manera que, llegado el momento, se puedan encender treinta y tres cirios en tres grupos de once. Las tres últimas vueltas se dan en el Templo, pero sin el Candidato, al que se deja con el Introductor detrás de la puerta cerrada. A continuación cada uno ocupa su lugar, estando siempre el Sapientísimo a la derecha (con respecto al entrante) de la cortina que oculta el Altar de Oriente. Al principio están encendidas solo las dos luces.


El Sapientísimo, desde su puesto, da seis golpes y un golpe. El Candidato es invitado a dar los golpes de su grado.


Sapientísimo.—Ved quién llama de ese modo...


El Primer Guardián entreabre la puerta como al principio.


Introductor.—Es el Hermano N..., que busca la Palabra con el socorro de la nueva Ley y de las tres columnas de la Verdadera Masonería. Espera, tras haber recorrido los espacios más profundos, proporcionarnos el fruto de sus investigaciones...


Sapientísimo.—Que sea introducido...


Se abre la puerta de par en par, es invitado a entrar el Candidato, y se vuelve a cerrar.


Sapientísimo.—Hermano, ¿de dónde venís?


Introductor (responde por el Candidato).—Hemos recorrido el Oriente y el Occidente, el Septentrión y el Mediodía, en busca de la Palabra Perdida. A pesar de las tinieblas que nos rodeaban y de las trabas que el error y la ignorancia han sembrado a nuestro paso, creemos haberla encontrado...


Sapientísimo.—¿A través de qué medios?


Introductor.—Recorriendo las Tres regiones del mundo en que se hallan depositados los tesoros del Conocimiento.


Sapientísimo.—¿Cuáles son esas regiones?


Introductor.—El Antiguo Egipto, la India secreta y la Palestina mística.


Sapientísimo.—¿Quién os ha guiado mejor?


Introductor.—El conocimiento de las Virtudes de la Fe y de la Esperanza y la constante práctica de la Caridad.


Sapientísimo.—¿Qué han producido en vos?


Introductor.—Nuestra regeneración.


Sapientísimo.—¿Qué habéis tenido que combatir?


Introductor.—La ignorancia.


Sapientísimo.—En esta constante búsqueda cuyo resultado nos aportáis, ¿habéis encontrado alguna verdad relativa a nuestros Misterios o al objeto de nuestras búsquedas?


Candidato (se le susurra la respuesta).—Consciente de una verdad que creo haber descubierto, la he grabado en los caracteres indelebles de Egipto sobre el metal más puro: una voz entonces me dictó esas cuatro letras, una voz exterior y que sin embargo me parecía interior...


He depositado en este cofre la placa sobre la que se grabó dicho pensamiento, y os lo traigo a fin de que me aseguréis su significado.


Sapientísimo.—Hermano, ¿podéis decirnos el sentido de ese pensamiento incluido en las cuatro letras?


Candidato.—Creo haber comprendido que alude a una regeneración integral de la Naturaleza por la ignición. Este es el cofre. Toman el cofre y se lo llevan al Sapientísimo. Él hace saltar el sello de cera roja, desata la cinta en cruz y lo abre. Saca una pequeña placa de metal en forma de triángulo con cuatro letras:


I. N. R. I.


Sapientísimo.—¡Hermanos Caballeros, es la Palabra! Hermano, reunid las cuatro letras de la frase que habéis pronunciado hace un momento.


Candidato.—Por la Ignición la Naturaleza se Regenera Integralmente...


Sapientísimo.—¡Sin saberlo, Hermano, habéis reencontrado la Palabra Perdida! Regocijémonos, Caballeros, I. N. R. I.


Todos murmuran las cuatro letras. En ese momento, el Templo se ilumina, se encienden todos los candelabros y los treinta y tres cirios. Un instante de silencio.


Primer Guardián (lenta y gravemente).—Escuchad mi Ley, oh pueblo mío, y prestad atento oído a las palabras de mi boca. Yo abriré mi boca para hablaros en parábolas, os hablaré en enigmas de lo que se hizo desde los comienzos; de lo que hemos oído y conocido, y que nuestros padres nos han contado. [Comienzo del Salmo LXXVIL]


Sapientísimo.—Hermano, si la Palabra Perdida fue, así como se os ha enseñado en el grado de Maestro Masón, el efecto de la Naturaleza enmudecida por el Otoño, la Palabra reencontrada simboliza la Primavera; es decir, la era nueva en la que nosotros, los Verdaderos Masones, hombres perfectamente libres de corazón y de espíritu, trabajamos con la Fe más pura, en la Esperanza constante de su realización integral y con la práctica de la Caridad y del Amor fraternal más desinteresado.


En el simbolismo particular de las religiones profanas, las cuatro letras que acabamos de deletrear hacen alusión a aquellas que, en un tiempo preciso y en un determinado lugar, estigmatizaron un acto que el Universo entero reprobará siempre.


Para nosotros, iniciados o que pretendemos ese título insigne, simbolizan esta gran verdad: Ignem Natura Regenerando Integrat.


Los numerosos sentidos que pueden darse a esas cuatro letras, si bastan al profano, en adelante no serían capaces de satisfacernos aquellos a quienes se debe comunicar los misterios sublimes,« hi squibus datum est, noscere mysterium», a esos nosotros les damos la clave tradicional: Toda la Naturaleza es renovada por el Fuego; o: la Naturaleza es renovada, íntegra, por el Fuego.


Y ese Fuego es el elemento esencial, Fuego vivificante que abraza toda la Naturaleza espiritual del ser humano. Es el elemento sin el cual todos los otros quedarían fríos e inertes, pues comunica al aire su pureza, al agua su fluidez, a la tierra su inagotable fecundidad.


¿Qué dice el Verbo? «Lo mismo que el oro se purifica en un horno muy ardiente, así el justo será purificado al pasar por el Fuego», ese principio de vida que anima a todos los seres.


En el brillo de ese Fuego, que se manifiesta en el Cosmos por el Verbo y en el hombre por la Palabra, el hombre ha reconquistado todos los derechos de su origen primitivo. El esclavo se ha convertido en igual del hombre libre; la mujer, de su esposo; al resplandor de la Fe, la Esperanza y la Caridad, se llamó a los hombres a formar una sola familia de Hermanos.


Considerad, pues, en ese monograma un símbolo cuyo sentido debe guiaros en adelante, por el sendero de la Sabiduría.


No os pediremos otro juramento: ¿acaso es necesario en quien está iluminado por la Fe, la Esperanza y la Caridad?


Respetabilísimo Caballero, haced ascender al Oriente a nuestro Hermano. Se conduce al Candidato ante el Altar del Sapientísimo. Se le hace poner la mano derecha sobre el Libro de la Sabiduría. Siete Caballeros vienen a colocarse de pie tras él, con la espada en la mano izquierda, la derecha sobre el corazón, y forman una bóveda de acero por encima de su cabeza.


—A la Orden, Caballeros.


Todos adoptan la postura del Buen Pastor. Se hace arrodillar al Postulante. El Sapientísimo toma en su mano derecha la espada y la levanta con la punta hacia el cielo


—¡A la gloria del Sublime Arquitecto de los Mundos!


En el nombre de ese Iniciado Perfecto que nos dirige, nos juzga y nos ilumina, en el nombre y bajo los auspicios del Gran Maestro Nacional del Rito… en virtud de los poderes que me han sido conferidos,


(Pone la parte plana de su espada sobre la cabeza del Candidato.) os creo y constituyo:


(A cada título apoya suavemente la espada sobre la cabeza.)


Maestro Discreto, Maestro Arquitecto, Sublime Maestro, Justo y Perfecto Maestro, Caballero de los Elegidos, Caballero Elegido de los Nueve, Caballero Elegido de los Quince, Sublime Caballero Elegido, Caballero Gran Arquitecto, Caballero de la Real Arco, Caballero de la Bóveda Sagrada, Caballero de la Espada, Caballero de Jerusalén, Caballero de Oriente, que son catorce grados intermedios entre el Maestro Masón y el grado que os conferimos hoy. Ya no se confieren por separado, pero conservamos su transmisión simbólica.


(Levanta la espada y la reposa sobre la cabeza.)


Por esos mismos poderes, os creo y constituyo Caballero del Águila y del Pelícano, Perfecto Masón libre, bajo la denominación tradicional de Caballero Príncipe Rosa+Cruz de Heredom capitulo…, decimoctavo de nuestra jerarquía santa, y miembro activo del Soberano Capítulo: N... en el Valle de ...


(Apoya la hoja ligeramente sobre la cabeza.)


Que la luz de la Ciencia os ilumine.


(La apoya ahora sobre el hombro izquierdo.) Que el fuego de la Valentía inflame vuestro corazón.


(Sobre el hombro derecho.) Que la Fe, la Esperanza y la Caridad os hagan bendecir por los hombres vuestros Hermanos.


Retira la espada, hace levantarse al nuevo Caballero y le da la acolada diciéndole: La Paz sea con vos.


Toma una rosa y se la entrega. El aspirante debe guardarla.


En ese instante, el incienso, la mirra y el benjuí son arrojados al pebetero, se descorre la cortina que hay ante el Altar del Oriente, se encienden los dos cirios ante los dos cirios amarillos a los pies de las dos cruces inclinadas, la rosa de la cruz central debe resplandecer. Todo esto se hace en el más absoluto silencio y sin comentario alguno; el Candidato debe guardar la imagen de todos estos gestos y meditar sobre su simbolismo.


El Sapientísimo toma un papel y escribe encima el nombre del nuevo Caballero. A continuación lo pincha con la punta de su espada y lo pone a la llama:


—Maestro Pasado, Iniciador de la Rosa-Cruz, recibe en este día a nuestro nuevo Hermano cuyo nombre es este.


(Se guardan las cenizas con la rosa.)


El Sapientísimo comunica él mismo en voz baja la palabra y los signos.


Después:

—Conducid a nuestro nuevo Hermano a las columnas.


Cada uno vuelve a su lugar. Se conduce al nuevo Caballero al mismo lugar que al nuevo aprendiz en un Taller azul.


—Caballero de Elocuencia, tenéis la palabra.


Discurso del Orador, en el cual se precisa que el 18° grado del R:.E:.A:.A:. corresponde a los siguientes ritos vigentes en el Mundo: al 7° del Rito Francés, 18° del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, y  47 del Rito de Mizraim; el orador debe insistir sobre las variantes del ritual y resaltar la significación espiritual de lo que se ha pronunciado, sin aportar nunca, sin embargo, precisiones demasiado acusadas. La figura particular del Rito de Menfis,en su Grado 18 debe ser dejada de lado, del mismo modo que hay que apoyarse sobre el Rito de Herodom, el más antiguo Rito de la Rosa-Cruz masónico, seguido, por otra parte, en este ritual.


Tras los discursos del Orador, se clausuran inmediatamente los trabajos con un acto de recepción.  


Clausura de los trabajos:


Sapientísimo.—Respetabilísimo Caballero Guardián, ¿qué meta se proponen los Caballeros Rosa+Cruz?


Primer Guardián.—Combatir el orgullo, Sapientísimo, el egoísmo y la ambición, para hacer triunfar en su lugar la abnegación, la caridad y la verdad.


Sapientísimo.—¿Quién os ha recibido?


Primer Guardián.—El más humilde de todos.


Sapientísimo.—¿Por qué decís el más humilde?


Primer Guardián.—Porque sabía que solamente la Ciencia, la Verdad y la Luz vienen de arriba.


Sapientísimo.—Respetabilísimo Caballero Segundo Guardián


¿qué hora es?


Segundo Guardián.—Aquella, Sapientísimo, en que la Palabra ha sido recuperada, en que la Piedra cúbica se ha transformado en Rosa mística, en que la Estrella resplandeciente ha reaparecido en todo su esplendor, en que ha vuelto la luz con toda su brillantez y en que la nueva Ley masónica reina en lo sucesivo sobre nuestros trabajos.


Sapientísimo.—Hermanos Caballeros, no temamos morir en el deseo de un mejor aprisco, pues ante nuestros ojos aparece como ante un espejo la vida futura. Como esta llama, con similar constancia, hacia ella se elevan nuestros corazones...


Apaga el candelabro que hay sobre su mesa. Se apagan todas las luces en el Templo; solamente quedan encendidas la llama de la mesa del Sapientísimo y la del Altar del centro, como al principio. Las luces del Altar de Oriente permanecen encendidas si la Cena ha de tener lugar después de la clausura.


El Sapientísimo abandona su lugar, hace una genuflexión hacia el Oriente, y va a dar el beso de la paz al Primer Guardián, diciendo


—Paz profunda.


Todos se colocan entonces en círculo alrededor de las columnas e indistintamente, salvo el Sapientísimo, que se sitúa en el Occidente frente al Oriente, el Primer Guardián, a la derecha del Sapientísimo, y el Segundo Guardián, a su izquierda. El beso de la paz circula entonces, a partir del Primer Guardián, entre los Hermanos y vuelve al Sapientísimo. Se hace una ligera genuflexión general hacia el Oriente. A continuación, el Sapientísimo, elevando la mano derecha, dice la Plegaria de Akenatón (Palabra de Sabiduría).


—Disco solar, rostro divino, los Iniciados aquí presentes saben que tú eres la imagen visible del Dios Invisible. Revelar a los hombres a Aquel que está oculto, tal es su misión.


Que todos los falsos dioses desaparezcan ante el Único, que todos los lugares de la tierra se acuerden de Él, y que todos los pueblos le saluden.


Hombres, amaos los unos a los otros, amaos y no veréis jamás la muerte.


El Faraón más grande es Amenemkhet, que mandó escribir sobre su tumba: «Bajo mi reinado, los hombres vivieron en paz y en gracia. Bajo mi reinado, los arcos y las espadas permanecieron ociosos».


Habrá guerra mientras haya varios pueblos y varios dioses. Mientras que, cuando no haya más que un solo Dios y un solo pueblo de elegidos, entonces será la paz.


Apaga la luz del altar.


—Que esta llama misteriosa guarde para nosotros su valor simbólico y que no desaparezca jamás de nuestros corazones, pues ella fue un rayo de la Presencia Divina.


Se hace una última genuflexión general hacia el Oriente.


—Caballeros Hermanos, los Trabajos del Soberano Capítulo N… quedan momentáneamente suspendidos...


Primer Guardián.—¡Pero la obra de un Rosa-Cruz no cesa jamás!


Los Hermanos permanecen agrupados y silenciosos mientras se prepara la Cena. Los dos Vigilantes cuidan de que no se pronuncie palabra


La Cena Mística de la Rosa +Cruz Masónica Grado 18°


Esta ceremonia tiene lugar después de cada recepción y una vez al año en Jueves Santo. En principio es el colofón de cada celebración de un Capítulo.


En el Templo se apartan las columnas y el Altar central, y se pone sobre la alfombra una mesa rectangular recubierta de un tejido blanco adornado con flecos rojos. Sobre la mesa hay dos copas de plata o de cristal, dos bandejas de plata, una con un pan y la otra con un frasco de vino. Pueden añadirse también dos toallas para que el Sapientísimo se seque las manos. Todos estos objetos están en el Oriente de la mesa. En el centro, el Sapientísimo mismo coloca el candelabro de su mesa. En el Occidente, un infiernillo con carbones encendidos sobre los que se queman incienso, mirra y benjuí. Sobre la mesa hay tantas varillas blancas como Hermanos presentes. Los miembros están colocados en círculo alrededor de la mesa, por este orden: en el Occidente frente al Oriente, el Sapientísimo; a su derecha, el Primer Guardián, y a su izquierda, el Segundo Guardián. En el centro, frente al Sapientísimo, el último admitido al Capítulo. Un Hermano o el Maestro de Ceremonias entrega a cada uno una varilla blanca.


Sapientísimo.—Respetabilísimos Hermanos Caballeros, vamos a partir juntos el mismo pan y beber en la misma copa a fin de cimentar nuestro amor fraternal más todavía.


Este rito de la Cena —conviene precisarlo— no es en modo alguno una parodia sacrílega de la Eucaristía cristiana. No tiene nada que ver con las leyendas de un tal LeoTaxil y las groseras manifestaciones anticlericales de una cierta época en que se comía carne y se bailaba el Viernes Santo. Aquí no se trata más que de un Ágape, es decir, una comida fraternal en la que se evoca el recuerdo del Gran Maestro Jesús el Cristo Maestre Carpintero Especulativo. Nada más, pero nada menos: este rito no tiene ningún valor sacramental de consagración del pan y del vino como en la misa. Se advertirá que toma de modo bastante curioso algunos ritos litúrgicos, pero que los orienta —es evidente— en una perspectiva por completo diferente.


Caballeros, la observancia de este ceremonial tradicional debe recordarnos la comunidad de bienes entre Iniciados, a quienes nada debe pertenecer como cosa propia.


Nuestra vida es una peregrinación para la que los Sabios se han provisto del símbolo de la vigilancia: esta caña blanca, emblema de la primacía del espíritu, hace alusión, como el ramo de las iniciaciones antiguas, al cetro de los antiguos Patriarcas: signo de mando, permanece, sin embargo, ineficaz si no está acompañado por el amor.


Aproximémonos, Caballeros, a la Mesa fraternal.


Un momento de silencio.


—Señor, aliméntanos con el pan de los Sabios y permítenos beber en la Fuente de la Vida...


Sublime Arquitecto de los Mundos, Tú que provees las necesidades de todos los seres, bendice los alimentos que vamos a tomar; que ello sea para nuestra satisfacción y para tu mayor gloria.


Toma el pan, lo levanta y, tras haber hecho el signo de la cruz sobre él, dice:


—¡Que nos conserve fuertes y sanos!


¡Tomad y comed! ¡Dad de comer a quien tenga hambre!


Parte el pan en tres partes, dos grandes y una pequeña, que deja delante de él. Entrega uno de los dos trozos grandes al Primer Guardián, y el otro al Segundo Guardián, y come el pedazo pequeño. Cada uno de los Guardianes parte el pan a su vez, se queda con un pedazo que se come y pasa el resto a su vecino inmediato. Se sigue así hasta el Caballero que está enfrente del Sapientísimo. Esté come uno de los últimos pedazos y deja el resto ante él.


El Sapientísimo toma la frasca de vino, sirve vino en las dos copas, las levanta y, tras haber hecho el signo de la cruz sobre las dos copas, dice:


—¡Que este vino, símbolo de la inteligencia, eleve nuestro espíritu! ¡Tomad y bebed! ¡Dad de beber a quien tenga sed!


Pasa cada una de las dos copas a los dos guardianes, y las copas circulan como el pan hasta el Hermano que está enfrente del Sapientísimo, que deja una ante él y bebe de la otra.


Todos, siguiendo el ejemplo del Sapientísimo, se ponen bajo la Orden del Buen Pastor.


Sapientísimo.—Salud a Ti, Señor de la Eternidad, el de los nombres múltiples, el de los destinos sublimes, el de las formas misteriosas en los templos. Tu nombre es duradero en la boca de los hombres, alimento y sustancia ante la divina Enéada, Espíritu Perfecto entre los Espíritus.


Es el más Antiguo de la Enéada Divina. Es el que ha establecido la Justicia. El deja al Hijo en el lugar de su Padre.


Salud a Ti, Hijo y Heredero del Señor de la Eternidad, firme de corazón, justificado. ¡El Tribunal de Justicia se reúne para él! La Enéada Divina, el mismo Maestro Universal, los Maestros de Justicia, le dan gracias, honores y ofrendas.


Los caminos están libres, y las vías, abiertas. El Mal huye, el Crimen se aleja, la Tierra es dichosa bajo su Señor. La Justicia se establece para su Maestro.


¡Que se regocije nuestro corazón! El Hijo se ha ceñido la corona. Le ha sido transmitida la función de su Padre. [Se trata de un fragmento de la XVIII dinastía.]


El Sapientísimo da el abrazo a su derecha, diciendo:


—La Paz sea con vos.


El abrazo vuelve a él.


Sobre una bandeja un Hermano entrega al Sapientísimo los restos del pan y del vino, que el Sapientísimo quema en el infiernillo, diciendo:


—Todo está consumado.


Retirémonos en paz, Caballeros, y recordemos que debemos propagar por la tierra las Virtudes que nacen de la Fe y la Caridad Un instante de meditación


"Un instante de Meditación"


Se Apaga la última luminaria.


—Que esta luz, símbolo de la presencia perpetua de Aquel que nos ha instaurado, permanezca siempre presente en nosotros y nos guíe en nuestra obra de amor.


Todos Se retiran en el más absoluto silencio


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