domingo, 4 de diciembre de 2011

El Arco Iris sobre Tebas


Añoranza (Aralba)
La Liberación del Iniciado
Después de tantos años, soy libre.
Fui grande y me persiguió la tragedia, cuando se derramó, en tiempos, mi filial sangre más querida.
Entonces comenzó para mi Alma un terrible suplicio que intenté enmascarar embarcándome en aventuras esotéricas de diverso calado.
Tebas, madre del conocimiento occidental.
Arco Iris, convenio de Dios con el Hombre.
Después de llover sobre la Ciudad Egipcia, salió el Sol; pero en el intervalo la luz se refractó en diversos colores, a cuál más irreal e inalcanzable.
Dolor, terrible dolor que me invade el Alma.
Me cubro con los libidinosos colores del Arco Iris y me harto del ignoto conocimiento Tebano.
El Placer de las infinitas manos del espectro cromático hacen que olvide mi terrible tragedia; pero arruina mi Vida, porque en el fondo, la Iniciación se encuentra en mi corazón y en el Seno de mi Amada, a la cual encuentro nada más salir de las brumas del Averno, esperándome con sus manos abiertas en cuenco ofreciéndome su ambrosia.
Arco multicolor, sede de un sincretismo obsesivo por la iniciación Tántrica; pero sin conseguir el despertar de Kundalini.
Monedas de Oro, Romanas y de todo tipo me son exigidas por el falso conocimiento esotérico de Tebas y por el falso Amor de las Vestales Rojas de la Secta de Miyo. La Kundalini despertará en breve, Amado, pero lo hará tu Amada Bruja Escarlata.
Cuando me encuentro desnudo y sin nada que llevarme a la boca, considero que mi ruina no es propia de un Iniciado de Occidente y tras haber saciado mis ansias autodestructivas, propias de alguien herido de muerte, soy elevado por el Destino, de nuevo, hacia mi perdida  aristocracia y condición.
De cero elevo de nuevo mi Vida y encuentro a mi Alma Gemela. Niña mía..., Bella del Alma. Cariño del Norte que como brisa del Cantábrico acaricia mi Ser hasta conferirle nueva Vida. Así recupero de nuevo la Energía que me fuera absorbida por los vampiros del falso conocimiento de la Nueva Tebas.
Yo maldigo el Arco Iris sobre Tebas. Luz negra que pierdes a hombre y a niñas. Falso conocimiento, que degradas hasta lo más elemental y sagrado del hombre y de la mujer como es su intimidad... y tras ésta su espíritu preciado e inmortal.
Las Manos Iniciadas de Occidente, ya conocidas de antaño, me ofrecen una oportunidad y retomo el camino altruista de la liberación, del in egoísmo y de la Felicidad.
Bella del Alma, voluptuosa Vestal, Hija predilecta de Isis y dulce Madre de la Trinidad. Cuantos buenos ratos pasamos juntos. Cuantas diferencias, normales, impidieron cuajar la felicidad por una eternidad. Es natural, ya que la naturaleza no conoce la perfección, ya que ésta solo se puede encontrar tras haber traspasado el Velo de la trascendente Verdad.
Se ha producido lo inevitable y la transición ha llegado. Ahora veo las cosas en su verdadera y magnífica dimensión. Hasta tal punto llega la imperfección, natural, que el lejano paso hacia la inmortalidad no nos ha sido, en vida, concedido. Kalil Gibran, entre otros, ya lo dijo. Existe una persecución eterna entre las almas gemelas; pero están condenadas a encontrarse, brevemente,  y besarse como el Sol y la Luna, tan solo en días de eclipse.
Bella del Alma, nacida bajo los auspicios de la brisa del mar, brevemente nos hemos visto y amado. Mejor así, ya que no ha dado tiempo a que el frío de las gélidas tierras del Norte separasen nuestro físico amor.
Duro trabajo nos propusimos, y más duro trabajo te ha quedado; pero te juro por los dioses del Olimpo, Ashgart y otras jerarquías celestiales, que mi enérgico espíritu siempre te estará cubriendo con su benévola sombra para que nada os falte a ti y a nuestros príncipes en este Mundo de lágrimas y dolor.
Tú eres Diosa despierta, Inteligente mujer digna de Cibeles. Demeter te confirió el don de la fecundidad y la trinidad de nuestra sangre deberá prosperar hasta conseguir la más alta Cima de la Felicidad. Eso está escrito y nada ni nadie lo podrá refutar.
Libre quedas mi Amada, de dar el paso que tú consideres mejor.
Ni yo, ni otro Iniciado jamás podremos decidir por ti. Tu Alma es Limpia, aunque fuerte y duro tu carácter como así debe de ser para sobrevivir en un Mundo realizado para la Lucha. Guerrera eres que sola o acompañada sabrás salir adelante, aunque la mayor carga escore tu espalda. 
Soy yo, el Serenísimo Iniciado que tras el divino tránsito hablo con mis palabras a través de las manos del poeta. Mi niño más querido después de mi progenie.
Ahora la Luz me es clara y la divinidad ha producido una ducha escocesa sobre mi yo inferior y lo que antes fuera Diablo con Virtudes o Ángel con defectos humanos, se ha convertido en una Entidad translúcida de luz blanca y perfección.
Ahora, ya lo veo claro.
Ese Arco Iris era Falso
La Doctrina de Tebas no era Real
El Vivir es el auténtico camino de la Iniciación y su rudeza sus pruebas.
Dulces manos tienes, mi Amada. Bronco carácter yo tenía en Vida; pero como un dolido niño a tu regazo pasaba cuando los miedos del no saber inundaban mi Alma. De noche la Bestia se transformaba en un inválido corderillo que susurraba a tus sutiles oídos el balido de mi Alma.
Ahora me encuentro frente a, mejor dicho arropado por, el Arco Iris Verdadero de la divinidad que me cubre como tu hacías, de noche, cuando me invadían los terrores del mal. El corazón se para, cual crisálida, para volver a latir, cerca de aquí en otro lugar,  con mayor ímpetu por toda la Eternidad.
Aquí os espero mis queridos, en la Verdadera Vida del Espíritu, que tan solo los que son valientes de vivir la dura y cotidiana realidad de la materia, son capaces de encontrar.
Todos conocemos la añoranza, del terruño y hasta de lo desconocido; pero ahora para mí eso no existe, porque desde lo alto os protejo de todo mal. Muchas manos tiene el destino. Muchos amores puros y dignos pueden servir de herramientas, para que la Diosa del Cantábrico y mis príncipes, como número cuatro puedan dar fe del número de la Tierra y del feliz fruto que el destino les depara.
Aquí se encuentra Tebas la Grande, no allí en la Tierra.
Aquí se encuentran nuestros Blancos amigos Tebanos, enzarzados en la construcción de los infinitos, sagrados y eternos rituales de Eleusis.
Tú, mi Diosa, mi amantísima Bruja Escarlata.
Llámame desde donde te encuentres y mi espíritu llegará a ti, de alguna forma. No sufras mi Bella Amiga, mi Bella Amada.
Aquí el Tiempo no existe y en un instante, que serán muchos años para vosotros, mis Amados retoños, amada y amigos cruzaréis el tránsito del velo; pero sabiendo esto que yo ya sé, la espera no se os hará larga y la felicidad inundará mi y vuestras inestimables Almas.

OUR

Serenísimo Gran Comendador de la Sagrada Orden del Ánfora

Desde el Eterno y Cristalino Templo Oriental

ARALBA

viernes, 25 de noviembre de 2011

El Incidente de "Brujasynescova"




La nave no se sostendría en el aire durante mucho tiempo más. Los generadores de gravedad estaban fallando y en breve dejarían de funcionar.


La "Brujasynescova" era una mole impresionante que podía contener dentro de su panza más de doce mil pasajeros junto a unos trescientos tripulantes fijos.


En ese instante sobrevolaba el centro de la gran ciudad federal de Macupaña y por cuyas calles y avenidas circulaban miles de autojets, estando las aceras repletas de viandantes que miraban hacia el cielo, comprobando con pavor como Brujasinescoba se precipitaba sobre sus cabezas.


Durante un instante parecía que fuera a aplastar las cúpulas de los edificios más altos de la ciudad. Alguna antena de comunicaciones fue arrastrada ante el avance de aquella monstruosidad de acero y titanio. Varios cascotes comenzaron a desprenderse y caer sobre los asustados ciudadanos y ocupantes de los vehículos que circulaban por sus calles.


La gente gritaba y se movía, de forma anárquica, intentando, unos entrar en las bocas de acceso al metropolitano, otros guarecerse en el interior de los más variopintos locales comerciales o de ocio.


Los chillidos se entremezclaban con el silencio absoluto de todos aquellos que, al ser aplastados por la multitud, perecían dejando de respirar e incapacitados para vocear. En cosa de segundos las calles dejaron de registrar movimiento alguno y los cadáveres se amontonaban a millares. De vez en cuando algún cuerpo mostraba estentóreos movimientos, indicando que allí quedaba, al menos, un hilillo de vitalidad.


Tras el silencio, se pudo escuchar el atronador ruido de unos potentes motores de inducción y que indicaba, a los escuchantes, que algo estaba sucediendo en el interior de Brujasynescova. Su tripulación había logrado, en un último instante, poner en marcha los motores auxiliares, lo que hizo que la poderosa nave de viajeros remontara altura para así poder alejarse de la poblada y maltrecha ciudadela.


Al día siguiente los periódicos de la metrópoli se hicieron eco del incidente acaecido y sus redactores pusieron el grito en el cielo porque no se había previsto la posibilidad de que sucediera una catástrofe de tal magnitud.


Las gentes volvían a salir a las calles como si se hubiese tratado de una mera anécdota y los autojets volvieron a circular por las calles y autovías de Macupaña. Solo las funerarias recibieron con gran alborozo las bienvenidas defunciones.


Bajó el número de parados al poder cubrirse las vacantes dejadas por los difuntos y la seguridad social pudo ahorrarse muchos millones de créditos en indemnizaciones por jubilación.


Como diría mi abuela: El muerto al hoyo y el vivo al bollo.


En El Estado Federal de Macupaña, sus ciudadanos siguieron actuando del mismo modo y no se realizó ninguna Ley para impedir que las gigantescas naves de pasajeros sobrevolaran la Ciudad.


Hacía generaciones que en el Nuevo Mundo no había guerras; pero los accidentes de grandes magnitudes se habían multiplicado por cien. Gracias al cielo eso significaba un gran soplo de aire fresco para la pervivencia de la población humana.


Aralba

martes, 15 de noviembre de 2011

ZARPA SINIESTRA

-Por fin nos encontramos de nuevo amadísimo Schuss, Ji,Ji,Ji.
-Chema, da demasiada importancia al contacto físico. En realidad eres un pelota irredento; pero me gusta. Si algo bueno ha salido de nuestra amistad, ha sido el saber dónde se encuentra tu minúsculo e insulso planeta.
-Vaya paliza que le dimos a los Karinas -volvió a dirigirse, el canino y bigotón Chema, al Pequeño Gran Almirante de la Federación de Planetas Sujetos-, ¿qué me va a tocar?
-Jodio pelota, Je, Je, Je, no te me ofendas, Je, Je, Je. ¿Cuándo realizamos otra carrerita? Ahora hablando en serio, creo que no te implicaste en exceso contra los Karina; de hecho, tus naves de guerra llegaron al Planeta Karín cuando ya todo había concluido...
-Pero Schuss -interrumpió Chemita, el Líder de los ignorados Spawnes-, no seas malo, mi gente se me echaba encima. Ya hubiese querido yo, que la implicación de nuestra armada espacial hubiese sido de mayor envergadura y rapidez...
-No hay excusas Chemi. O se es un Líder o se es un mentecato paz guato como tú. Te concedo una de las lunas desérticas del Sistema Karos. El planeta Karin lo reservo para que sea sojuzgado por mis leales y legendarias tropas. La jurisdicción de la Luna Casinadi, aunque pertenezca a las maltrechas tropas, amigas, de Lenon, podréis compartir ciertas tareas menores; como la recolección de las arenosas tierras lunares.
-Además, debes estarme agradecido que diera cobijo a tus hijos en mi planeta natal, Eua, cuando realizaron su procreador compromiso de futuro -continuó su perorata el exaltado Schuss. “Mira que traer niños retrasados a esta Galaxia” pensó Schuss mientras miraba a su contertulio por encima del hombro.
-Pero Schuss, mi Planeta necesita de Energía; ¿podríais compartir, Lenon y Eua con Spawnes, alguna de las minas menores de oleumdol?...
-Jodio por culo, como se dice en mi tierra vaquera, porque eres tan prolijo en ridiculeces. Tú mira por tu futuro y el de tu familia. ¿Qué te importan los habitantes de tu planeta?, ¿qué coño nos importa los famélicos habitantes de Karin? Qué se vayan a la mierda, ya que no sirven más que para demostrar el Poder que poseo sobre los habitantes de Eua y el resto de planetas, incluyendo el vuestro. Además no hagas que me enfade; si no quieres que mande a tus vecinos Romos a que invadan tu ridículo planeta...Je, Je, Je...
-Perdonar, venerado Schuss, nunca quise decir otra cosa que lo que acabas de plantear. Ya te estoy tremendamente agradecido por la ayuda que ha mostrado tu Nación en nuestra lucha contra los miserables separatistas de la Luna Escaria. ¿Apoyarás a mis secuaces en caso de que perdamos la carrera por el poder en Spawnes?
-A esto último amiguito Chema, te digo que me lo pensaré. En realidad, me importa un cojón de mico quien gobierne en tu Tierra. Quien llegue al poder en tu planeta, deberá rendir pleitesía a la Corte del Imperio; no obstante, si sigues siendo buenecito, te apoyaremos contra esos revolucionarios que os quieren echar del poder de vuestro ridículo terruño que se encuentra. ¿Dónde dijiste que estaba Chemita?..., que más da. No tiene la mayor importancia.
-¿Hacemos otra carrerilla Schuss?
-Oye tú, pero esta vez me quito las calzas de plomo que llevaba para endurecer los gemelos?
-Ji, Je, Ji, Je –rieron al unísono, mientras sus fuerzas armadas afilaban sus Zarpas, mirando con ojos de rapaz, a las profundidades del espacio en busca de cualquier otro planeta rebelde.
Aralba

martes, 8 de noviembre de 2011

LA GALAXIA CORPORATIVA


Año Seis mil y pico



Han transcurrido más de 20 años desde que la Gran Conflagración mundial dio el poder de la transmisión comercial a los Grandes Hierofas, poseedores del poder que mantiene desestructurado al Sistema Solar y al resto de la Galaxia. La estupidez humana ha hecho posible que un gran Agujero negro, económico, se desarrolle hasta abarcar a los confines de la galaxia; es quizá por esto por lo que a los dueños de todo se les ha venido a denominar como Grandes Agujeros Negros.

Poseedores del mayor imperio económico del Universo y de la más poderosa flota estelar, decidieron proteger sus bienes creando la Fundación para la protección de sus naves mercantes.

Cerricandaos, también llamado el Gran Pasador y el imponente Roncoplas conocido como el Gran Bronqueador, habían sido exiliados del planeta de los Obrinatos; poseedores de cierto conocimiento, en el tráfico estelar, fueron llamados por la presidencia de los Hierofas para dirigir la Gran Empresa Multifuncional que llevase a buen plan sus incógnitos propósitos, a saber: Acrecentar su poderoso agujero negro, tanto económico como político, hasta magnitudes Quasáricas; para ello, se arroparon con la leve sabiduría de ciertos componentes, también rescatados del exilio, como son Matalosporlobajo, denominado, en los bajos fondos como el Gran Siniestro y el bueno de Puntual el Auténtico.

Reuniéndose, estos, acordaron constituir la Gran Confederación Galáctica de los Protectores Estelares, cuya función era salvaguardar la flota de los Hierofas de cualquier contingencia nefasta que pudiera poner en peligro los fines de rapiña, que el Gran Agujero Negro pretendiera.

Cerricandaos y Roncoplas conformaron la más alta jerarquía de los Protectores Estelares, que hasta el presente se ha venido a denominar como Jerijetas. Para mantener su superior autoridad, nombraron a Matalosporlobajo y a Puntual como Negocilotas, parte de la jerarquía encargada de dirigir todos aquellos proyectos conducentes al fin propuesto.

Lógicamente, el Poder auténtico, siempre estuvo y al presente está en los Magníficos Hierofas que para realzar éste, su poder, aconsejaron la entrada como Negocilota a Nipasaná el Tesnico, encargado de toda la infraestructura o soporte práctico de Inteligencia Artificial.

Hecho esto, el Gran Jerijeta Cerricandaos introdujo en la jerarquía, mencionada, de los Negocilotas a Tranquivoces, también conocido como el coordinador de los cónsules estelares. Estos eran y son los encargados de representar a la Fundación en los diferentes planetas y engrosar las arcas de los Hierofas, consiguiendo que las flotas mercantiles y de piratería se unieran a la Gran Confederación de Protección Estelar.

Una vez conformada la célula de lo que vendría a ser el Centro del Universo y cuya sede se encuentra en el planeta más cercano del Sol, decidieron que debían aprovechar las migajas de los dinares estelares que los Hierofas no podían controlar y para ello se fundieron en una Organización, corporativa, de mutua ayuda donde los posteriores integrantes de la Fundación no pudieran penetrar...

Así actuaron durante breve tiempo, aprovechándose de un monopolio que no  tenía competencia entre los planetas habitados y que entonces eran conocidos. Viendo que el trabajo a desarrollar, a corto plazo, cada vez sería mayor decidieron sacar de otras confederaciones estelares a grandicerebros, para que se encargaran de ciertos trabajos a desarrollar.

Algunos de estos fueron Sir Gey Perceval que fue delegado del Negocilota conocido como el Gran Siniestro y Escurrecuyons, conocido como el Aguantabroncas que con el tiempo pasaron a formar parte de lo que hoy, en pleno siglo XXI, conocemos como los Negocicurrines, auténticos pilares de la Fundación; con ello, la confraternidad de los Jerijetas y de los Negocilotas afianzaban, para sí un futuro de ocio y prosperidad. Nipasana el Tesnico fue piedra fundamental de la operación manteniendo una Inteligencia Artificial que sólo era conocida por los Negocilotas Matalosporlobajo y Puntual; todo ello, avalado y potenciado por los Jerijetas; que tras haber pasado grandes penalidades en el exilio, decidieron comportarse, con los que a posteriori se denominarían como desgracicurrines, igual que sus anteriores mandos se habían comportado con ellos.

En pocos años estelares, los protectores desempeñaron correctamente su función al servicio de la flota mercante de los Hierofas.

Para desarrollar este trabajo, correctamente, tuvieron la inestimable aportación de diferentes organismos exteriores a la fundación como son los ya mencionados que representaban a la fundación en los confines de la Galaxia, a Juristas que se encargaban de reconducir todos aquellos altercados que se hubieran podido producir. Alguna Astronave de la Confederación Galáctica, así como los Inspectores, cuyo trabajo desarrollaban en dar valor en dinares galácticos a todos aquellos atestados que múltiplemente, cada día, se producían. No podemos olvidarnos de los distribuidores de combustible así como de materias primas que eran los objetos de tráfico de los Hierofas.

Sir Gey Perceval y Escurrecuyons, pasaron con el tiempo, como ya hemos mencionado, a formar un escalafón en la jerarquía denominada como Negocicurrines y que no poseían los privilegios, ya cerrados, de las Jerarquías superiores, pero encargados de que los desgracicurrines, autent1cos constructores del grueso de la Fundación rindieran para ganar su jornal, llenar sus propias arcas, y rellenar el agujero inmenso de los Hierofas.

Una vez instaurada esta Infra Jerarquía, y antes de esto, los Jerijetas y Negocilotas, exceptuando a Puntual también llamado el autentico, pasaron a formar parte de la gran flota de los Ociosos, cuyo tiempo inútil, no servía a nadie y ni tan siquiera a ellos mimos.

Tanto los Jerijetas como los Negocilotas, salvo excepciones, se aprovechaban de sus relaciones con los satélites y cobraban comisiones algunas veces insulsas y otras en especie; debemos constatar que los satélites ya mencionados eran o son todas aquellas organizaciones que trabajan para la Fundación pero sin pertenecer a ella.


Tras pasar ciertos años, habiéndose las altas Jerarquías desentendido de su puesto, habiendo delegado sus cargos en los Negocicurrines se produjo un altercado de grandes proporciones debido a algunos currilotas y que son los Desgracicurrines o trabajadores que pretendían llegar a puestos superiores, inconscientes de su misma imposibilidad.

Los Jerijetas y Negocilotas, llevados por una especie de neurosis persecutoria o paranoia decidieron castigar, por igual, a todos los desgracicurrines y currilotas, llevando a la masa productora de la fundación a unos niveles de descontento que no se han dado jamás en los tiempos históricos hasta el presente.

Los Hierofas hacían, con el transcurrir del tiempo, más negro y grande su agujero, ansioso de propiedades y dinares.

Dentro de sus posibilidades, los Jerijetas intentaban hacer lo mismo, dejando las migajas para los negocilotas y dando algo de cazo, de tarde en tarde, a los Negocicurrines.

Pasado un tiempo prudencial, los Desgracicurrines, hartos de ser explotados hicieron la guerra a los currilotas, destronándoles de sus ingenuas aspiraciones y unidos, ya, se enfrentaron a la fundación de malhechores.

Y esto os cuento, Sindico mío, para que veáis que la Constitución Inter Espacial, aún hoy en día no se cumple en la confederación de planetas unidos.

-Ingenuo Albany ¿Como pretendéis que el Sindicato Aero Espacial os apoye? ¿No sabéis que los Juristas de los Hierofas y de los Síndicos se dan la mano y se mantienen en Fraterna Corporatividad?
-Iros a tomar por...,
-y vos también.
-Me cago en la...,

El Hiper Espacio está corporativizado, ¿Quien lo descorporativizará? ¡El Señor que lo descorporativice, buen descorporativizador será!

Banj. . Banj. ..., Banj...
Joder, pero si se lo han cargado.

Mano izquierda sobre brazo derecho, alzamiento de puño derecho y vuelta a empezar.
El que tenga ojos para ver que vea. ¡De aquellos polvos, estos lodos!


P.D. Algunos negocicurrines se chivaron a los Hierofas de presuntas maniobras ladroniles, nunca demostradas, de los Protectores Estelares y fueron expulsados de la Federación. Los Hierofas, a partir de entonces, comenzaron a diezmar todo el activo de la Federación hasta que terminaron llevándola a la ruina total.

En el pasado reciente la Fundación para la Protección de las Naves Estelares fue dirigida por dos Equipos más, aparte del primero de Cerricandaos. En la actualidad, Año 6011, la Federación se está desmantelando tras una inmensa Supernova de proporciones cósmicas, y este que relata no es otro que el enterrador.

En realidad, queridos amigos, no hay ni buenos ni malos en esta Historia. No dejan de ser más que los mismos perros; pero con diferente collar.

Moraleja: No hay enemigo chico. Léase la Fábula de Esopo El Águila y el escarabajo


Aralba

jueves, 3 de noviembre de 2011

2050 Una Odisea Matrimonial


Con el único fin de confirmar unos protocolos legales, Zog y Betz, una pareja con contrato matrimonial prorrogable, se dirigen hacia la capital del Imperio Dazián, en el corazón del sistema estelar.


Tras haber utilizado el portal teleyector, llegan a media tarde, hora local. Hasta el día siguiente no tienen concertada su cita burocrática y buscan un espaciohotel donde poder reposar. Allí les proporcionan un habitáculo con tumbonas, antigravedad, individuales, dos porta objetos personales así como una mesa retráctil sobre la que se encuentran dos pads, de propaganda, desechables así como varias unidades de memoria con el logo del hotel (Todo ello contenido en el interior de un replicador de objetos inertes), un taburete de aluminio y un replicador de bebidas y alimentos encastrado en la pared y sobre el que hay una pequeña pantalla de holovisión.


Después de cenar, se dirigen a un local de ocio virtual, donde recrean, para su disfrute, un paisaje rural con cascada y río incluido. Cuando regresan al espaciohotel, cada uno se tumba en su respectiva unidad de sueño tomando en sus manos un personalbook.


Algunos instantes después, notan que los ocupantes del habitáculo adyacente están realizando el coito. Pueden imaginarse el sordo ruido de los cuerpos al frotarse entre sí, los dulces quejidos de la hembra así como los rudos sonidos producidos por el varón. Zog y Betz sonríen y se miran con complicidad como si recordaran tiempos pasados. Intentan realizar algún comentario chistoso; pero se reprimen y callan; se desean buenas noches y ordenan al ordenador que apague la luz.


Zog, ardiente por lo que acontece a su lado, y cuyos eróticos sonidos no dejan de martirizarle, piensa en comentarle algo a Betz. Quizá su pareja se encuentre tan receptiva como lo está él. Siente como salta de su lecho para dirigirse al de su pareja, como bromean acerca de la ardorosa actitud de sus anónimos vecinos; como él la acaricia el cabello y masajea su suave y tersa piel. Como enseguida dirige unas temblorosas manos hacia los turgentes pechos de ella. Todo sucede en su mente y está casi seguro que su pareja recibirá su actitud con agrado. Ese pensamiento positivo, de repente, se transforma de forma radical, y se acongoja al estar seguro de que la respuesta de su compañera será negativa. Hace solo unos pocos años ella habría tomado la iniciativa. Él podría haberle leído, sin dificultad, sus sentimientos; pero en este instante, después de diez años de rutinaria convivencia, la pasión del primer amor estaba extinguida. Zog, al abrigo de la cómplice oscuridad, masajea su pene, procurando no ser descubierto.


Breves instantes después de haber eyaculado, Betz le cuestiona si ya se encuentra dormido. Zog le replica que no. En el habitáculo adyacente gobierna el dulce silencio de un sexo satisfecho así como la alegre música de una tenue conversación salpicada de reprimidas risotadas. Betz decide tomar la iniciativa y se dirige a la cama de Zog. Lo observa, con cariño, se sienta a su lado y comienza a acariciarle la espalda, desde las cervicales hasta la vértebra sacra. Las expertas manos de la mujer toman, con fuerza, los glúteos de él.


Zog, sintiéndose vencido por el cansancio, se avergüenza de haberse masturbado; pero no tiene la suficiente hombría como para confesarlo a su pareja. Venciendo la natural resistencia del sueño, le dice a ella, que se encuentra cansado.


Betz, al sentirse rechazada, deja de mimarlo. El silencio inunda la sala. Un silencio sepulcral y eterno se hace tan espeso como la esencia del granito. Zog percibe como su esposa regresa a su unidad de descanso.


Puede sentir, una y otra vez, como ella se revuelve en el interior de su unidad de sueño. Cada movimiento, de su pareja, viene a ser como un afilado estilete que se le clavara hasta lo más profundo de su alma. El remordimiento toma forma consistente en su boca del estómago impidiéndole conciliar el sueño.


Pero por lo que más culpa siente es por no haber sido sincero con ella. Siente como, con el paso de los años, se han convertido en dos auténticos extraños. Ya no recuerda si algún día se habían conocido de verdad. La semilla de la desconfianza germinó, en sus corazones, hace tiempo y la llama de la comunicación se fue extinguiendo en el mismo proceso.


En un auténtico impulso de sinceridad, Zog se dirige a su esposa y le confiesa el real motivo de su cansancio. Con ello intenta, aunque no sabe como, reavivar ese algo perdido; pero también le indica, con poco tino, que resultó consecuencia de haber pensado que ella tampoco tendría ganas de realizar el amor. La contestación de Betz resultó tan convincente como el propio silencio.


Algo más tarde, ese mismo silencio es roto por un sordo sonido de tejido y jugos al ser frotados. Éste proviene del lecho de Betz. Zog comprende, con premura, que su compañera ha decidido imitar su propia actitud anterior.


La amargura inunda su corazón. Su virilidad ha sido herida y sus sollozos acompañan, en paradójica armonía, el sonido producido por Betz en el transcurso de su fémina masturbación. Al consumarse el orgasmo, Zog ahoga su llanto en el blanco almohadón de polímeros de su unidad de descanso; mientras que Betz reprime su rabia mordiéndose el dorso de la mano.


Al día siguiente, la pareja decidió no confirmar su contrato matrimonial, haciendo uso de la natural cláusula de divorcio.

Alba Koshinaji

lunes, 31 de octubre de 2011

¿REGRESO?

¡Que no se pierda la esperanza!
Tras treinta años, almas íntimas se encuentran.
-Reina, hace ya tiempo que no nos vemos. Tú casaste con alguien de tu propio Credo. Me he enterado. Te acompaño en el sentimiento por su pérdida. Yo por el contrario estoy divorciado y con un hijo.
-No sabes lo que me agrada verte de nuevo, Francisco. Yo también siento lo tuyo.
-No lo sientas, mi amor, la vida da muchas vueltas; pero en el fondo, se trata de una escuela con nota. Vosotros os apegáis a las tradiciones temporales. Creo que dais demasiada importancia a la manutención de la genealogía. Es natural cuando uno se siente parte del pueblo escogido. ¿Dónde quedamos los gentiles? Compartimos el mismo A.D.N.
-Hace tiempo, Francisco, que me percaté de ello. Nos empeñamos en ponerle un rostro a nuestro dios y curiosamente, esa faz, se parece sospechosamente a nosotros mismos. Si todo eso lo hubiera sabido entonces, ahora podríamos ser una pareja feliz, sin importarnos, a cada uno, la creencia del otro.
-Quizá, quizá no mi reina. Quizá todo hubiese acabado como el rosario de la aurora. Éramos muy jóvenes y sin experiencia, a pesar de ser almas gemelas.
-¿Almas gemelas, Francisco, que te hace suponer eso?
-Se me ha ocurrido al leer el último libro de nuestra amiga Esther “Déjalo, ya volveremos”. Nunca tuvimos la oportunidad de descubrirnos el alma. Yo también estuve en la pedriza y también sentí vértigo y también tuvieron que ayudarme a bajar.
-Es curioso, Francisco. Has leído el libro de Esther. Espero que te haya gustado.
-No me ha gustado, princesa, ha sido como sacar una página de mi propio corazón. Algo íntimo y atemporal. En el fondo pienso que todos somos parte de algo mucho más grande y que solo vivimos una pequeña porción de esa vida global. He sentido dolor y afinidad; pero entiendo que no ha surgido de mi corazón sino de nuestra única alma.
-Nunca supuse esa profundidad de tu persona; pero nuestras diferentes religiones nos separaron, entonces, sin remedio.
-Ya estamos juntos de nuevo, Reina y ahora hemos crecido. Somos adultos y podremos encaminar nuestras vidas tal y como deseemos. Muchos judíos fueron expulsados durante la edad media; pero otros permanecieron ocultos tras otros velos, dando, en apariencia, la espalda a sus creencias. ¿Acto de cobardía? Más bien pura supervivencia. Nuestra tradición culinaria lo avala. Ha pasado mucho tiempo y las costumbres se fundieron con las de los gentiles.
-Hay una diferencia, hermano del alma, nosotros tenemos una larga lista, ininterrumpida, de antepasados. Vosotros solo conocéis a vuestros allegados. Padres, abuelos y poco más.
-Perdimos nuestro pasado; pero en el fondo, Reina, ¿No crees que estamos tan perdidos el uno como el otro? Si pudiésemos dar un salto en el tiempo hasta el origen de todo ¿Qué encontraríamos? Acaso el vacío. Otra cosa. Algo que inunda nuestro corazón de nostalgia por un mundo original perdido. La diferencia es que vosotros, ese mundo celestial, lo materializáis y lo convertís en historia; pero en el fondo ¿importa demasiado? Tu abuelo republicano pudo ser masón. Mi tío Jun murió en el bando republicano en la batalla de Ebro.
-Francisco…, yo.
-¿Nos damos otra oportunidad, Reina?
-Hace años te dije mi Amor: Déjalo, ya volveremos. Hace años, Francisco, dije a mi familia las mismas palabras. ¿A dónde? ¿A la tierra que abandonamos, Israel, Sefarad o Tetuán?
Francisco lloró
Reina tomó el rostro del amigo entre sus manos y besó sonriendo sus lágrimas.
-Ya basta –dijo la mujer-, hemos vuelto para quedarnos.
Dos almas se fundieron en un intenso abrazo, dejando atrás el dolor y dando la bienvenida a su perdida felicidad.

Aralba

jueves, 27 de octubre de 2011

La princesa Emperatriz está enferma (José Jorquera Blanco)


 Para Mariano


Ilustración de Paola Bogetti
Las estrellas brillaban muy intensamente en la tranquila noche de la Ciudad Sueño. La luna llena resplandecía bañando con sus rayos la torre real, justamente donde se encuentra la habitación de la princesa Emperatriz y su consorte, el poderoso y sabio hechicero Filiberto. Las estrellas titilaban con sus distantes guiños hacia la tranquila pareja que dormitaba en la suave y mullida cama. Entonces, un soplo de aire gélido golpeó el balcón acristalado, haciendo que éste se abriese abruptamente, levantando los cortinajes y apagando las escasas velas que permanecían encendidas en la habitación del joven matrimonio. El frígido hálito llegó hasta los durmientes introduciéndose por los labios sonrosados de la princesa Emperatriz, que despidieron un ligero rumor, como un nombre pronunciado débilmente en vano; haciendo que el mensaje se perdiese en el tiempo sin que nadie lo escuchase...

Mientras, la madera de la puerta golpeaba violentamente la pared hasta el punto de casi romper los cristales. Filiberto despertó ante el estrépito que escuchaba, y tras abrir sus ojos, sintió el aire glaciar que erizaba su piel. Se incorporó de inmediato y avanzó sin muchos problemas a cerrar los balcones de la habitación. La luna, que se encontraba en pleno apogeo, permitía ver al joven hechicero sin problemas, y se sintió mejor cuando el chorro de aire frío se detuvo ante los cristales.
Con dos gestos de su mano dirigidos hacia los gruesos cortinajes, éstos se alargaron en toda su extensión bloqueando la claridad de la noche. Caminó a oscuras hasta la cama, y se introdujo en la calidez que transmitía, abrazando a su querida esposa y besándola tiernamente desde la espalda hasta la nuca.

Pero la princesa Emperatriz no se movió.

Su cuerpo permanecía rígido, sin el menor signo de vida. Aterrado, gesticuló creando una esfera de luz blanca encima de la cama, justo debajo del dosel, para ver a su amada. Su rostro de mejillas sonrosadas y de tez pálida parecía encontrarse bien, pero su cuerpo estaba frío como una estatua esculpida en carne: una carne firme e impávida pero suave al tacto.


Cerrando sus ojos y concentrándose percibió el halo mágico que envolvía a la princesa. Una poderosa magia se había adueñado de ella dejándola atrapada dentro de su propio cuerpo. Y la rabia se abrió paso en él mientras empujaba violentamente las puertas de la habitación y pidió ayuda a los criados.

Tan desesperados eran sus gritos, tan apremiantes las llamadas, que el palacio entero despertó. Los sirvientes se pusieron en marcha con una celeridad inusitada, y no tardaron mucho tiempo en llegar las malas noticias a oídos del rey, que acudió a los aposentos de su hija con presteza.

El servicio personal de los futuros consortes llegó a la habitación portando luces y armas, sin saber bien qué habría podido alarmar a un poderoso maestro arcano.
Al mirar detenidamente a la joven princesa, la sorpresa se transformó en pena cuando comprendieron lo que había sucedido. La apariencia exánime y mortuoria de Emperatriz lo decía todo... y no pudieron evitar ponerse tristes, ni que sus ojos se humedeciesen con saladas y amargas gotas de dolor, pues tal era el amor que profesaba la princesa hacia sus súbditos, que no había nadie en todo el reino que no sintiese un profundo y sincero afecto hacia ella.

Siguiendo las vociferantes órdenes de Filiberto, trajeron agua caliente para intentar reanimar su cuerpo helado. Pero era inútil. Parecía como si el calor, que empezaba a caldear su cuerpo, no fuese suficiente remedio. Cada vez más y más preocupado aprestó a la servidumbre para que le trajesen las pociones de su laboratorio, justo en el momento en que la reina se sentaba en la cama y acariciaba con suma ternura el rostro de su amada hija. Y las lágrimas resbalaban por sus mejillas mientras besaba sus esponjosos carrillos.

—¿Qué ha ocurrido mi querido Filiberto? ¿Cuál es el estado de mi pequeña?

—Parece presa de algún poderoso hechizo. Pero no se preocupe, he mandado a buscar mis utensilios y brebajes.

Si algún maleficio ha sido lanzado a la princesa, él mismo lo descubrirá
. —pensó el rey asintiendo.
Y se acercó a su esposa para estar con ella en estos momentos difíciles.

Filiberto probó todos sus remedios contra venenos, derramó sus pócimas, aplicó sus ungüentos y lanzó poderosos encantamientos para liberarla, pero su hermosa esposa permanecía sumida en un misterioso sueño, para su desesperación y la de los monarcas, que observaban, anhelantes, algún resultado por parte de su yerno que nunca se producía. Algo estaba pasando por alto, pero no conseguía llegar hasta ello. Algo extraño...

¡Un sueño! Eso es, la princesa ha sido apresada en el plano astral

—Quiero que mantengáis su cuerpo caliente, algo ha atrapado el alma de mi amada esposa en el plano astral y he de ir a rescatarla.

Los criados susurraron asustados, y el rey tuvo que sostener a la reina que sucumbió a la tensión desmayándose mientras musitaba: «mi niña, mi niña…»

—Por eso —inquirió Filiberto, obcecado y ajeno al estado de la reina— es muy importante que su cuerpo no pierda calor. Y que la habitación esté llena de aire limpio. Además, sus doncellas no deben perder ningún detalle. Han de encontrarse en todo momento junto a ella, por si su temperatura disminuyese o aumentase con repentinas fiebres.

—Filiberto —dijo el rey emocionado—, el hijo que nunca tuve y conseguí a través de mi pequeña. Sé que harás todo lo posible por rescatarla, y que no regresarás hasta que ella esté contigo. Recibe pues mis bendiciones y mi amor para que realices tu difícil cometido.

También emocionado, Filiberto quiso decir algo tras las sentidas palabras del rey, pero no pudo y simplemente asintió con la cabeza. Después, sin perder un segundo más, corrió escaleras arriba hasta su torre de investigación.

El viaje al plano astral era peligroso, como bien sabía, a pesar de su magia, sus poderes quedarían mermados considerablemente, y, aunque rescatar a su amada esposa se convertiría en una tamaña empresa, ningún resquicio de duda hacía mella en él. Volvería con ella o no volvería.

Rebuscó en los cajones de su laboratorio las extrañas hierbas que permitían conectar su mente con las esferas superiores e inferiores y las tragó sin apenas masticarlas, su sabor amargo le adormecía la lengua y comenzó a desplazar su mente. En un estado de aturdimiento, con sus sentidos embotados y sin apenas equilibrio, se colocó frente a un enorme espejo... ¡Y lo atravesó!

El tránsito se produjo de forma rápida, y, mientras su cuerpo permanecía en pie tras el cristal, su forma etérea y vaporosa flotaba en el no espacio que conformaba el Reino Astral.
Rápidamente una membrana protectora envolvió al hechicero con una aureola de luz violeta que brillaba a través de su contorno.

En este plano viven las más grotescas formas y las más terribles pesadillas. Así que apropiarse de una buena defensa era algo necesario y en extremo útil…

Es difícil describir un reino donde todo está a punto de ser y a la vez existe, donde a cada paso las formas no esbozadas y etéreas cambian, se construyen y se transforman. Donde todo es indefinido e irreal, pero a la vez familiar y parecido… En el que lo cotidiano se vuelve vulgar y lo inexplicable y asombroso en algo fantástico y tan frecuente como el color grisáceo que parece envolverlo todo… Un mundo neblinoso, amorfo e infinito... sin límites aparentes. Un lugar de blancos, negros y grises... de apagados y vivos colores fluyendo hacia delante sin detenerse como en un enorme torrente vaporoso.

Filiberto el sabio, se concentró en el rostro de su amada, sus cabellos largos y sedosos, sus ojos penetrantes y dulces, y en la sonrisa que le entregaba cada mañana entre unos pómulos sonrosados. Mientras se desplazaba, porque ni caminaba ni corría, era como si simplemente avanzase pensando o deseando ir en una dirección, observó en la lejanía cómo muchas de las formas inacabadas comenzaban a tomar cuerpo y a solidificarse, si es que las irreales presencias pudieran hacerlo realmente y no fuese todo una impresión suya, pero el caso era que Filiberto había llegado a El Rincón del Forjador de Ideas.

En este lugar se materializan las invenciones y conceptos de los Seres Humanos. Una zona en la cual los soñadores, los creadores... dotaban de forma a las ideas perdidas; allí donde los diversos conceptos surgen de forma espontánea, siendo paridos a través de un caos primigenio preñado de nociones, tallados con el material de la imaginación y barnizados a través del alma humana.

Un espacio fascinante y misterioso a la vez, asombroso y sorprendente, pues de aquí surgían formas y esencias nunca jamás vistas, a través de la inmortalidad del alma humana, que impregnaba de su conocimiento divino a las concepciones ideadas.

Filiberto se acercó hasta una familiar forma, y sonrió al reconocer el artefacto que había diseñado: un recolector de luz lunar.  Lo usaba para condensar los rayos de Selene e introducirlos dentro de una Adularia y así usar su energía.

Intentó no distraerse con todas las maravillosas e interesantes invenciones, pero a medida que avanzaba se le hacía más y más difícil… Tantas ideas, tanta sabiduría oculta… Le tentaban a cada paso que daba… Artilugios voladores propulsados por unas extrañas aspas de molino, movidas a velocidades vertiginosas, también una especie de barco que se sumergía bajo el agua, inmensos telescopios para observar los planetas. Y cuando se reclinó para recoger una extraña pieza metálica, recordó el motivo de su visita.

Su dulce y amada princesa…

Emperatriz se encontraba atrapada en este reino, y su cuerpo físico podría morir si no devolvía pronto la ausente alma a su cuerpo. Se concentró en salir rápidamente de allí, y ahora comprendía los profundos peligros ocultos del Reino Astral. Cualquiera podría quedar atrapado en sus misterios…

Sin apenas darse cuenta, comenzó a avanzar muy rápido, casi como si estuviese bajo la influencia de un hechizo de vuelo, o, al menos, esa fue la sensación que le produjo. A medida que se introducía más profundamente, los colores comenzaron a teñirse y difuminarse, la oscuridad era cada vez más patente, y la densidad de las formas comenzaba a tomar verdadera consistencia. Se estaba adentrando en el lugar donde nacen las pesadillas; un lugar brumoso y traicionero. Peligrosamente mortal… El Rincón del Forjador de Sombras.
La luz se tornó escasa por momentos, tanto, que se vio obligado a conjurar una diminuta esfera de luz con bastante esfuerzo. Tan pálida y rutilante que apenas servía para iluminar el sendero, pero sí para intuir a las reptantes y acechantes criaturas que retrocedían exorcizadas por la luz.

La sensación de estar permanentemente acechado acongojaba a su espíritu, que le instaba a huir tan lejos como pudiera de allí, pero su misión era bastante clara y no cejaría en su empeño. Debía rescatar a su amada Emperatriz.

La negrura comenzó a rodearle cada vez más y más.

Su aura violeta se oscurecía, las tinieblas iban ganándole terreno. Todo se ensombrecía, enturbiaba sus sentidos, eclipsando finalmente la esfera blanca de luz. Rodeado de una oscuridad opaca que se le pegaba como una segunda piel y que luchaba por arrebatarle la envoltura morada, procurando penetrarla para llegar a su propia esencia, intentando robar su propia alma para alimentarse de ella. Debía escabullirse de éste lóbrego lugar cuanto antes, sin perder tiempo, puesto que todo acabaría tan rápido que ni siquiera sabría que estaría muerto cuando sucediese.

Algo parecido a un tentáculo comenzó a rodearle el tobillo, pero lo soltó rápidamente al entrar en contacto con el fulgor de su aura de protección, la cual menguaba por momentos en este velado sitio. Debía restaurar su fuerza o estaría acabado.

Un sonido chisporroteante, que le recordaba al que escuchaba al lanzar sus poderosos relámpagos, y un fuerte dolor en su espalda le hicieron caer hasta una superficie fosca y, aparentemente, pedregosa. Conjuró con excesivo esfuerzo un escudo espiritual, que permitió ver a la velada bestia que se escondía, que poseía poderosas y enormes fauces y afiladas y mortíferas garras que lanzaba contra él. Un gigantesco lobo negro que aterroriza a todos los pequeños en las noches silenciosas, el lobo feroz devorador de niños molestos y díscolos, el terror nocturno infantil de millones y millones de almas, dotado de una fuerza y brío extremos, una auténtica máquina para engullir los pequeños cuerpecitos asustados y a aquellos locos u osados que se atrevían a cruzar sus dominios.

La bestia se lanzó, surgiendo, otra vez el sonido chisporroteante al entrar en contacto con Filiberto, pero esta vez ésta consiguió embestirlo y volcarlo. Sus dentelladas se estrellaban ante la resquebrajada égida con un chasquido seco y potente. Si las poderosas fauces conseguían quebrarlo, lo siguiente sería que esos dientes afilados seccionarían su cabeza. Se levantó empujando con todas sus fuerzas para liberar el brazo derecho, una vez lo hubo logrado con sumo esfuerzo, extendió su palma y susurró sin palabras pensando en complejas y antiguas palabras arcanas. De pronto una llamarada azul brotó de su mano, una lengua de fuego que se intensificó y alargó hasta convertirse en una poderosa lanza.

Ahora era su turno de golpear al engendro de las sombras.

En la siguiente acometida del ente umbroso, Filiberto bajó su escudo mientras sostenía firmemente la lanza añil que perforó el abdomen de la bestia. Aulló de una forma sobrecogedora y terrible, pero no sucumbió, sino que corrió lejos de allí ensartada por el asta que ardía con color índigo y con una lacerante herida en sus entrañas.

La negrura pareció replegarse ligeramente, y la vista enturbiada que era eclipsada por el mortecino lugar comenzó a distinguir la distante luz al final del túnel. Su halo recuperó su brillo y el color cambió a un azul cielo suave y reconfortante. Había conseguido librarse de El Rincón del Forjador de Sombras y pensaba con optimismo y alegría que lo peor había quedado atrás.


La claridad terminó por expulsar a las sombras, y Filiberto pudo comprobar que en las heridas provocadas por las alargadas y punzantes garras de la bestia, fluía un líquido denso de tono rojizo. Se sorprendió al comprobar que incluso en el Reino Astral también se sangraba. Aunque no era algo físico, sino más bien como una pérdida de energía, debilitante y molesta, así como irritante. 
Por suerte cesó tras taponarlas con las manos durante unos instantes, ya que sentía que se sellaban bajo la energía de su aura corporal, que, además de escudarle y proporcionarle luz, aparentemente cerraba las heridas energéticas en este mundo como pudo comprobar, incrédulo.

Sin apenas darse cuenta, comenzó a caminar apoyando los pies y dando un paso tras otro. A medida que continuaba su viaje el suelo comenzó a tomar una textura fina y suave, y los colores oscuros se desdibujaban en tonos cobrizos con delicadas capas ocres. La superficie se tornó suave y arenosa, Filiberto notaba los minúsculos gránulos resbalar por sus pies y no pudo reprimir el preguntarse si se estaba adentrando hacia un profundo desierto. Y tal era el lugar al que se dirigía, pues se encontraba en El Rincón del Forjador de Enigmas. Allí donde los misterios han de ser resueltos por los viajeros o por contra acaban atrapados en ellos sin posibilidad de escapar de allí hasta haberlos completado.

Tras unos instantes, que bien pudieron ser horas o segundos, divisó una forma de piedra enorme; una muralla que cercaba la arena y se extendía hasta más allá de la vista. Al acercarse más, intuyó, más que observó, que, subida a la muralla se hallaba una mujer de mirada feroz, de presumibles ojos atigrados y rizados cabellos, que observaba su lento avance a través de las dunas. Su mirada, estaba seguro, era penetrante y le transmitía, incluso en la distancia, toda su malicia. La mujer, de extrañas y aún indeterminadas formas, que por su movimiento, parecía caminar por encima de la muralla, cercada por quién sabe qué. Filiberto, a pesar de sus esfuerzos, tampoco veía puerta alguna por dónde entrar. Así pues, el sabio se preguntó qué estaría custodiando ella exactamente y por qué él no era capaz de encontrar la entrada. Minutos después, más cerca de la muralla, Filiberto pudo observar con más detalle a la fémina: sus pechos desnudos y voluptuosos, se mantenían erguidos mientras continuaba su caminar gallardo y ligero, felino y elegante, a lo largo de la muralla. Él sonrió, comprobando, con todo lujo de detalle, aquello que la distancia y el ángulo de visión le impedían contemplar, que la mitad de su torso se unía a un cuerpo de león; de ahí su enorme agilidad. Filiberto observó también cómo sus largos brazos terminaban en zarpas de largos dedos y terroríficas uñas, pues ella era laEsfinge, la Guardiana de los Secretos.
—¿Qué te trae a mis dominios? ¡Oh mortal imprudente!

Filiberto llegó finalmente hasta el mismo pie del muro de piedra, bastante antiguo y gastado pero que dejaba ver aún una gran firmeza a pesar del largo paso de los años. Alzó su vista. Se sentía muy pequeño en comparación con el tamaño de la híbrida mujer, pues ésta alcanzaba unas enormes proporciones, y su sombra, proyectada por el brillante sol, oscurecía gran parte del suelo. Filiberto calculó que ella mediría unos treinta metros de largo, e irguiendo su cabeza, podría llegar hasta los diez metros de alto.

—Vengo a buscar algo muy querido que me ha sido arrebatado a la fuerza.

La esfinge, sorprendida y curiosa, se agachó y, apoyándose con sus manos felinas en el borde de la muralla, asomó la cabeza.

—¿Y qué es eso tan querido que te ha sido arrebatado? —preguntó mientras se cruzaba de brazos, reposando su cabeza en las patas delanteras y extendiendo sus alas emplumadas, que poseían una blancura de inusitada belleza, brillando bajo la luz del sol justo antes de replegarlas.

—Mi esposa, mi amada esposa Emperatriz se halla atrapada en este Reino Astral, y me es preciso ir a buscarla para traerla de vuelta y evitar que muera.

La esfinge sonrió, sus labios formaron una línea alargada que se parecía más a una mueca, sumamente perversa, que a una sonrisa; ésta recordaba a la mirada pícara de un gato a punto de devorar a un sorprendido pajarillo.

—Lamento tu pérdida —dijo con aparente sinceridad— pero para encontrarla deberás cruzar el laberinto.

—¿Un laberinto?

La esfinge asintió divertida ante la sorpresa que mostró su visitante, sugiriéndole a ella que, efectivamente, no pertenecía a este plano de existencia. Por un instante sintió lástima de él, pero fue tan solo un instante.

—Esta muralla que ves, es uno de los largos muros que lo circundan. La única forma de salir de aquí es atravesarlo. Los que no entran… bueno, perecen en este desierto.

Filiberto miró al cielo, soleado, y sintió algo parecido al calor y una sensación de sed, casi como si al sugerir los peligros a los que se exponía, las sensaciones tomaran más consistencia y fuerza.

Así que las opciones son sumamente escasas —pensó— pero si la única forma de salvarla es cruzando el laberinto. ¿Cómo diablos se entra?

La esfinge, que empezó a andar silenciosamente como un gato juguetón, no le quitaba sus fieros ojos de encima, como si estuviese dispuesta a saltar encima de él al menor descuido, y eso le irritó, forzándolo a hacer aquella pregunta que se deslizaba suavemente por su cabeza.

—Si la única forma de salir de aquí es atravesando el laberinto. ¿Cómo puedo entrar en él?

El rostro de ella se iluminó, y la desbordante belleza hierática que poseía, irrumpió, no pasando desapercibida para el hechicero. Una hermosura peligrosa, esa beldad terrible y cautivadora, sensual y tórrida que le hizo ruborizarse ante aquella atracción no exenta de riesgo, un riesgo que cualquiera se atrevería a asumir, ante la excitante y sugerente recompensa.

—Yo soy su guardiana. Para poder pasar deberás responder correctamente a un acertijo. Si lo aciertas, abriré la puerta para que te enfrentes al laberinto. Si fallas… bueno, si fallas dará igual. —La mirada de la esfinge se oscureció, y Filiberto sintió la muerte en la profundidad de sus cautivadores ojos color miel.

—Plantea tu enigma, ¡oh poderosa y misteriosa guardiana!

Ella sonrió ante el elogioso cumplido y se puso en una posición tensa, con sus miembros flexionados para saltar en cuanto el desafortunado fallara su pregunta.

—Vuela y no tiene alas, susurra y no tiene boca, va corriendo de un lado a otro y nunca se agota...

Filiberto meditó tranquilamente la cuestión planteada.

Algo que vuela sin alas. Un hechicero, pero los hechiceros tienen boca. Tal vez sea una hoja de árbol que vuela arrastrada por el viento, pero éstas no susurran

Filiberto sonrió y se colocó enfrente de la terrible y seductora Guardiana de los Secretos, que lo observaba con excitación e impaciencia.

—Tengo tu respuesta, Gran Señora.

Ella se tensó, dispuesta a devorarlo en un momento; preparada para saltar tan rápido como un resorte encima de él.

—¿Y cuál podría ser, mi querido visitante?

—El viento.

La esfinge abrió sus poderosas fauces y lanzó un rugido, tan alto y tan fuerte, que Filiberto trastabilló para caer de culo en la suave y mullida arena. Desesperado, intentó realizar un simple hechizo de protección para defenderse del súbito ataque, pero para su sorpresa comprobó, impotente, cómo la pared del laberinto se desplazaba para darle paso a su interior.

—Enhorabuena visitante. Te deseo suerte en tu empresa. Ahora deberás enfrentarte a sus peligros para proseguir con tu misión. Ha sido un placer y una agradable sorpresa.

Y así, sin más, desplegó sus hermosas y deslumbrantes alas y voló, con presteza, lejos de allí, desapareciendo entre la luz del ardiente sol del desierto.


Las paredes se cerraron tras su paso, y ya en su interior, notaba cómo la sensación de agobio aumentaba por momentos, debido, en parte, tanto a la altura de los muros como a la estrechez de los pasillos. No intuía ni podía determinar alguna dirección lógica, y las encrucijadas, que eran constantes, lo complicaban en demasía: escapar del laberinto se estaba convirtiendo en una tarea ardua.

Pasillos. Giros. Curvas...

Pasillos. Giros. Curvas...

Pasillos. Giros. Curvas...

Incapaz de saber cuánto tiempo llevaba dando vueltas, ni de si quedaría allí atrapado sin poder rescatar a su princesa, Filiberto golpeó las paredes, intentando derribarlas en un acto de frustración y rabia. Pero los sólidos muros permanecían en pie, impávidos a los fútiles intentos de un hombre extenuado y desesperanzado. Aun así, él no se rendiría tan fácil; no dejaría que una simple pared lo detuviese. ¡Eso jamás! Remontó el vuelo para sobrevolar el laberinto, pero las paredes se alzaban a medida que ascendía, cada vez más y más, impidiéndole el paso, cercándolo como a un ave enjaulada. Sorprendido, pensó en otra brillante idea para salir de allí: probó a atravesar las paredes con un conjuro de intangibilidad. Por desgracia, éstas le repelieron violentamente en cuanto entraba en contacto con la muralla, igual que si fueran campos magnéticos con la misma carga, y cuanto más impulso tomaba y más fuerza usaba, igual de violento era el embate que recibía. Tras varios intentos fallidos, tantos que había perdido la cuenta hacía tiempo, Filiberto se derrumbó en el suelo, derrotado. No conseguiría salir de allí… no encontraría a su esposa, y ambos perecerían en este reino, solos, separados el uno del otro; lejos del hogar y con el corazón vacío. Algo parecido a las lágrimas se derramó de sus ojos. Las burbujas perladas flotaron entonces en el aire hasta caer al suelo, golpeándolo con un sonido acuoso. Fue entonces cuando escuchó un gorjeo a su espalda y notó la presión en su hombro mientras el dragoncito de la princesa Emperatriz se materializaba.

Aunque conocía la existencia del pequeño dragón de tonos anaranjados, no había llegado a verlo nunca, porque además de ser extremadamente sigiloso y tímido, poseía la rara habilidad de hacerse invisible a voluntad. Esto, no hubiese supuesto un problema para el poderoso hechicero, pero la naturaleza del draco era tan extraordinaria, que incluso le concedía una inusitada resistencia a su magia y hacía que fuera prácticamente imposible verlo sin que él lo deseara, incluso cuando utilizaba algún que otro poderoso método mágico de detección…

Revoloteó delante de él colocándose a la altura de su rostro. Dio tres vueltas en el aire dibujando un círculo mientras emitía sus suaves gorjeos, hasta que una vez finalizó el último giro, salió volando en línea recta seguido por un entusiasmado Filiberto.

Sin una noción clara del camino que había seguido, pues tantos quiebros, vuelcos y largos pasajes, le desorientaban, fuera como fuere ambos habían llegado hasta una enorme arcada, rodeada de enredaderas y yedra. Ésta, daba paso a una bella extensión de prados de color esmeralda, y más allá, a muchos hermosos valles floridos; maravillosos ríos y arroyos plateados, que lanzaban destellos cuando la luz se reflejaba en ellos.

Cuando Filiberto se detuvo para contemplar las maravillas de El Rincón del Forjador de Sueños, apenas se percató del desvanecimiento de su alada ayuda, pero algo en su interior le decía que aquí no lo necesitaría…

Sentía el tacto húmedo de la hierba alta que se mecía, suavemente, a causa de una juguetona brisa. El olor del polen llenaba sus fosas nasales con un aroma dulzón y empalagoso, que le embotaba los sentidos. Los delicados pétalos le acariciaban las piernas, evocando el roce suave y sensual de una hermosa ninfa de los bosques; las argénteas aguas del río que atravesó, le tonificaban y relajaban a medida que se dejaba imbuir por su reconfortante frescura. Se adentró en la profundidad de un bosque densamente poblado dónde los troncos anchos conferían a los árboles bastante altura y envergadura; con múltiples y frondosas ramas repletas de vida.

La inmaculada belleza del lugar cautivó al sabio hechicero hasta que llegaron a él ligeros susurros en el aire, voces… tenues ecos… ¡Llamándolo! Tan cercanos que parecían hallarse casi al alcance de su mano, pero que una vez encontrados se volvían, extrañamente, lejanos. Una búsqueda misteriosa que dio sus frutos al llegar a un pequeño claro del bosque donde se alzaba un círculo de piedras, en el que doncellas cubiertas de hojas de roble, castaño o sauce, canturreaban y susurraban bailando en círculos. Sus movimientos rítmicos y cadenciosos hacían que de vez en cuando se desprendiesen algunas de las hojas que cubrían sus torneados cuerpos.

La música sonaba armoniosamente interpretada por un fauno de cuernos y patas de cabra haciendo cabriolas y saltos, mientras entonaba con fuerza la cautivadora melodía de su flauta. Tantas veces confundidos con los lascivos sátiros, estos pastores del bosque aprecian la compañía de las dríadas, ninfas y hadas por encima de cualquier otra cosa, exceptuando su música. Lejos del excesivo deseo carnal de sus primos de linaje: los sátiros; que por desgracia tan mala fama los ha reportado (hasta el punto de llegar a confundirlos como si fuesen los mismos seres) los faunos poseen un sentido agreste y una mayor comunión con la tierra y todo lo que crece en ella. La diferencia radica en que los faunos cuidan y protegen el bosque, así como velan por todas sus criaturas; actuando igual que un hermano mayor, ganándose así el título de guardianes o pastores del bosque. Los sátiros en cambio, sólo buscan calmar sus más bajos instintos, persiguiendo y embaucando a aquellas (a veces a aquellos) que se adentran por sus territorios.

Filiberto sintió los largos brazos que le envolvían como las caricias de los vestidos tejidos en seda, y lo guiaron hasta el círculo de baile. Dejándose llevar con bastante buen placer en las acompasadas danzas, comenzó con giros y saltos armoniosos al son de los dulces soplos de la flauta, que le hacían perderse entre las risas, las curvas, los sonidos y el goce. Incluso el cansancio no parecía hacerle mella, sino que cada vez quería más y más…

Agacharse y atravesar los brazos perfumados de sus compañeras, ver los largos cabellos flotando al viento, disfrutándolo y deseando que no terminase nunca: bailar en felicidad hasta la eternidad…

Un ligero traspié lo hizo rodar por el suelo hasta que se golpeó contra un tronco seco, y el dolor desembotó sus sentidos embriagados de regocijo y esperanza.

Las lisonjas y la música comenzaban a envolverlo nuevamente. Desesperado empezó a correr con el corazón encabritado, tapándose los oídos con fuerza para evitar caer en las tentaciones de los maravillosos sueños; huyendo de aquello que más deseaba su corazón. Anduvo durante tanto tiempo sin rumbo que se derrumbó agotado. La humedad del rocío en sus manos actuaba como un bálsamo para calmar el ardiente calor que envolvía su cuerpo. Y mientras recuperaba el aliento, se preguntó cómo sería capaz de encontrarla en este mundo inacabable lleno de tentaciones, deseos e ilusiones. Golpeó la tierra con rabia una y otra vez, sin apenas percatarse de lo que sucedía a su alrededor, hasta que alzó la vista ante una misteriosa descarga de claridad.

Un luminoso haz de arco iris se curvaba en el cielo para detenerse en el lugar donde se hallaba el Palacio de Cristal. Morada del Amo del Reino Astral
El resplandor procedía de allí, ¡no cabía duda alguna! Cuando los rayos dorados del sol tocaban el cristal de sus paredes, éstos proyectaban los colores del espectro como lo harían con un prisma, llenándolo todo de claridad: allí era donde se encontraba su princesa cautiva.

A pesar de ser la prisión de su amada, Filiberto se maravilló ante la hermosa belleza del lugar. Esta beldad hipnótica tan característica de este plano, hacía perder cualquier noción de la realidad. Él sabía que no debía demorarse más ya que tenía que proceder al rescate con presteza, o todo estaría perdido. No podía saber cuánto tiempo habían estado en el Reino Astral, y eso podía suponer la muerte para cualquiera de los dos. Y acabar vagando con sus almas inmortales por toda la eternidad aquí, ya no le resultaba tan atractiva.

El Palacio de Cristal estaba erigido por deseo expreso de Imegpeius, el Señor del Sueño, en lo más recóndito de este plano, justo en los límites de su reino. Esculpido con su propia fuerza mental, ya que según lo iba imaginando éste se iba solidificando y tomando forma ante sus propios ojos. (Exactamente igual a lo que ocurre con cada idea que brota de este reino).

Ninguna verja rodeaba su morada, sino que poseía un jardín de flores, árboles y plantas de cristal, incluidos unos pequeños insectos vidriosos saltando y revoloteando por doquier. Tras atravesar el transparente vergel se imponía la ostentosa fortaleza que punzaba al cielo, alzándose orgullosa, con una torre a cada lado, que eran las responsables de proyectar los deslumbrantes rayos multicolores cada vez que la luz rozaba su superficie. En el mismísimo centro de la cara norte de la construcción se hallaban dos portones, los cuales cercaban la única entrada al lugar. Los empujó con dificultad, pues aunque era de materia cristalina, su grosor y peso eran bastante considerables, y a pesar de la transparencia propia del material no permitían ver lo que ocurría en su interior.

Descubrió un enorme recibidor, donde las escaleras ascendían a derecha e izquierda, y en cuyo inicio reposaba a ambos lados una majestuosa gárgola. Las dos poseían una grotesca cara tallada con una mueca retorcida y agónica que inquietaba; sus alas se alzaban totalmente extendidas y amenazantes, como si fuesen capaces de envolver a cualquier distraído visitante. Recorrió el pasamano y la escalera con su vista hasta llegar a la balaustrada, que se encontraba protegida por otras dos estatuas de soldados con armadura y alabarda. Sin saber bien si las parejas pétreas formaban parte de la decoración, o, por el contrario, eran los guardianes del lugar, Filiberto conjuró un simple hechizo de invisibilidad con bastante dificultad, como siempre que recurría a la magia en este plano. No todos poseen el conocimiento para saber que en el Reino Astral las corrientes mágicas no fluyen de igual forma que en el mundo material. Aquí los hechizos más mundanos se convierten en algo arduo, quedando descartado cualquier uso de poderes mágicos más avanzados ante la más que probable imposibilidad de lanzarlos. Tan sólo los magos más poderosos son capaces de recurrir a ellos, y por desgracia a pesar de su sabiduría y poder, Filiberto no posee tanta maestría en las dotes arcanas.

Internándose bajo el manto de ocultación mágico cruzó a través de los guardianes, que al sentir su presencia se movieron de una forma rígida, mecánica y aterradora. El hecho de ver volar a las gárgolas con sus alas batiendo en el aire y sus ojos penetrantes indagando en la oscuridad lo asustó. Llegándose a preguntar si acaso serían capaces de ver lo invisible y de descubrir su presencia. Pero para fortuna de Filiberto, éstas fueron incapaces de detectar al intruso, volviendo a su posición de reposo replegándose todas ellas de forma asombrosa.

Enfilando los largos pasillos del interior levitaban, a ras de suelo, unas estatuas que vigilaban portando afiladas hachas, talladas con armadura completa. Avanzaban con bastante rapidez, cosa que hacía difícil a Filiberto el esquivarlas, ya que estas flotantes patrullas aparecían por doquier y no había ningún rincón del Palacio de Cristal sin proteger. Al inspeccionar detenidamente la residencia encontró habitaciones, salas y objetos construidos con el vidrioso material; aunque al tacto y a la vista recordaban al cristal, realmente estaban hechos de un tipo de material muy distinto: la esencia pura en la que toman forma y se solidifican los sueños.

Escudriñó las más variadas estancias. Un salón de baile provisto de espacio suficiente para una orquesta. Las grandes vidrieras para iluminarlo estaban decoradas con gruesos cortinajes recogidos a cada lado por unos cordeles. La estancia tenía unas vistas directas al jardín, para realzar el encanto del lugar e impresionar a las visitantes. Halló un comedor para más de cien comensales, con la mesa dispuesta en una variedad de piezas de vajilla de gran artesanía. La iluminación procedía de unos candelabros de gran tamaño con varios brazos, y de una araña de luz perlada, que suspendida en el aire, recordaba a cientos de diamantes engarzados en el engranaje simétrico que conformaba la lámpara, parecida a la forma de algún fruto granuloso como las frambuesas o las moras.

Se encontró con múltiples dormitorios, una sala de recreo bien surtida, igual que el salón de esgrima, que contaba con alguna de esas extrañas armaduras flotantes como contrincante. Y más adentro del lugar se topó con una sala para recepciones, disfrutó de varias bibliotecas de tres plantas repletas de volúmenes y conocimiento, y con algún que otro estudio mágico. ¡Tan solo le quedaba por descubrir las cocinas y se sentiría como en cualquier otro palacio que hubiese visitado! Quienquiera que habitase aquí, se rodeaba de pompa y belleza por doquier. No en vano aquí residía el Señor del Sueño monarca del Reino Astral.

Filiberto descubrió un pasadizo estrecho en el más subrepticio de los emplazamientos, conduciéndolo hasta el mismísimo salón del trono, justo detrás de donde se encontraba Imegpeius. Él parecía encandilado observando un espejo ornamentado con un marco de madera dorada. Incluso desde su precaria posición distinguió las líneas y dibujos que lo recorrían, pero lo que más le sorprendió y aterró era que dentro del espejo ¡flotaba el alma atrapada de su esposa!

El Amo del Reino Astral se maravillaba con la perfección, belleza y finura de la agraciada princesa Emperatriz. Con su espíritu inmortal prisionero en el Espejo de Almas, podría deleitarse con ella por perpetuidad, acabando por fin con su larga existencia solitaria.

—¡Ah! Mi querida Emperatriz. ¡La más hermosa de las hermosas doncellas! Princesa de la Ciudad Sueño. Tu beldad perdurará durante los siglos para mi deleite personal. Pasarás toda la eternidad compartiéndola conmigo y mientras… disfrutaré del reflejo de tu alma inmortal.

»Aunque tu futuro reinado hubiese sido en el plano material, el nombre de tu feudo avocaba a la unión de ambos. Tu Ciudad Sueño con mi Reino Astral. Y yo, por fin, viviré aquí feliz en tu compañía, que hará que las horas no se mantengan muertas y tediosas, sino que la misma vida se transporte a este Palacio de Cristal. Visitaremos juntos los rincones mágicos de este plano, descubriremos juntos las maravillas de la creación, sus misterios, sus esperanzas, sus inventos...

El alma de la princesa parecía encontrarse sumida en un profundo sueño y no escuchó el melancólico discurso, pero Filiberto sí, y sabía qué debía hacer: quebrar el Espejo de Almas para liberarla. La cuestión era cómo hacerlo…

Se escabulló sigilosamente por detrás del trono mientras Imegpeius continuaba con su letanía de elogios hacia ella, narrando todo sobre su existencia solitaria y melancólica. Sentía una creciente lástima por el Señor del Sueño, ¡pero el secuestro de Emperatriz era algo que no podía consentir!

—Te llevaré hasta las Cascadas de Plata donde beben los unicornios, pasearemos cogidos de la mano por losJardines de las Ninfas del Bosque de las Lágrimas, y también recorreremos los Robledales de las Dríadas del Bosque Encantado, comeremos frutos y bayas silvestres tan dulces como tus claros ojos...

Tan ensimismado se encontraba que Filiberto pudo llegar sin problemas frente al espejo, y vio el rostro de su amada, su esencia, enjaulada como un pobre pajarillo por un niño cruel. Posó su mano en la superficie para intentar llegar a ella, hacerla saber que allí estaba él para salvarla, pero un frío intenso hizo temblar su brazo, y percibió con total seguridad el ansia del espejo por poseer su alma. Forcejeó duramente para que su palma perdiese el contacto, ¡puesto que estaba absorbiéndola en su interior!

Se dobló en el suelo muy cansado, el esfuerzo lo había debilitado bastante, pero no pensó en ello, sino en que tenía que encontrar algo con lo que golpearlo. ¿Pero qué? ¿Se atrevería a conjurar otra lanza de energía y desvelar así su presencia? ¿Sería capaz de liberarla antes de ser atacado por el Señor del Sueño?

La angustia por el destino de su princesa fue mayor que el miedo, y comenzó a mascullar las palabras de poder y a realizar los complicados movimientos de manos. La energía mágica comenzó a fluir hacia él, como un faro proyecta su luz hacia la oscura noche, e Imegpeius el Señor del Sueño, detectó al intruso inmediatamente. Levantándose furioso de su trono y gritando tan alto que resonó por todo el Palacio de Cristal.
—¿Quién osa entrar en mis dominios? ¡Quienquiera que seáis habéis firmado vuestra sentencia de muerte!

Filiberto consiguió conjurar su ardiente lanza añil justo cuando varios de los guardianes lo tenían rodeado. Haciendo un giro de ciento ochenta grados lanzó el asta, que voló firme hasta quebrar el Espejo de Almas con un estallido de cortantes cristales. El grito de furia de Imegpeius resonó con un potente eco por todo el lugar, derribándolo en el suelo mientras cubría con fuerzas sus oídos.

—Has tenido la osadía de robarme mi trofeo, pero tu glorioso intento será lo único que consigas. Pues ahora robaré tu vida y tu alma… 
La rabia escupía cada una de las palabras pronunciadas por el Señor del Sueño y Filiberto comprendió que no podía huir de allí, que la cantidad de armaduras que lo rodeaban le impedían el paso. Imegpeius, soberano delReino Astral, lanzó un poderoso chorro de energía que hizo estallar en mil pedazos el alma del hechicero, arrojándolo al olvido…
Fue entonces cuando la princesa Emperatriz despertó de golpe y se encontró con su madre sentada a su lado en la cama. Los monarcas, al ver recostarse a su hija, corrieron a abrazarla. Emperatriz, aturdida aún y sorprendida por la angustia que parecían soportar sus progenitores, les devolvió el abrazo amoroso puesto que no hacían más que llorar y dar gracias de que todo hubiese salido bien. Y sin saber qué estaba ocurriendo buscó por la habitación a su esposo. Pero no fue capaz de encontrarlo, y el miedo se apoderó de su corazón...

—¿Dónde está Filiberto?

Los monarcas se miraron sorprendidos. Si Filiberto había partido para buscarla y ahora ella no sabía nada de él…

—¿No ha regresado contigo? Fue a buscarte. —Respondió su padre.

—¿A buscarme?

Los monarcas se miraron, aliviados de tener a su hija de vuelta, pero ensombrecidos por el aciago destino de su yerno. Con suma delicadeza, su padre le dio una rápida explicación de lo sucedido. Ella se estremeció y corrió hacia la torre de magia llena de angustia y temor, buscando a Filiberto. Al llegar lo único que encontró fue el cuerpo del amor de su vida en el suelo. Un vacío se apoderó de su alma, una sensación de pérdida, de miedo, de angustia… El pavor de perder de forma abrupta aquello que tanto le costó encontrar, lo más maravilloso y querido tras tanto tiempo para perderlo, ¿sin tiempo a meditar, sin tiempo a pensar, sin apenas disfrutarlo? ¡No era justo!

Lo abrazó con ternura, lo besó suavemente y comenzó a llorar…

—Filiberto, cariño, ¡despierta!

Aunque su carne estaba fría y rígida, su mente no se resignaba a perderlo. ¡Lo necesitaba tanto!, que se veía incapaz de dejarlo marchar... Emperatriz lloró, dio rienda suelta a su dolor y maldijo en voz alta al destino, a los dioses y al mismísimo Señor del Sueño. Las lágrimas se deslizaban hasta el rostro de su amado, mojándolo mientras lo abrazaba con más fuerza si cabe, tan solo para tenerlo cerca. Acarició los rubios cabellos de su esposo mientras le susurraba cálidas palabras de amor eterno. Emperatriz se secó las lágrimas y le besó de nuevo.
—Hasta pronto amor mío… —susurró— y fue entonces cuando un destello iluminó el espejo y vio cómo salía de él su mascota dragón, rodeado por un haz de energía púrpura que serpenteaba en el aire, avanzando lentamente hasta que se introdujo dentro de la boca Filiberto.  Y entonces despertó, abrió los ojos y sonrió a su amada haciendo que la risa se mezclara con las lágrimas mientras la abrazaba con ternura.

—Cuando llegué a ti y rompí el espejo pensé que era el fin. ¡Y lo hubiese sido si tu dragón no me hubiese sacado de allí! Conseguimos librarnos de la muerte de forma milagrosa. ¡Por los dioses! Pensé que te había perdido para siempre. —Y Filiberto lloró, abrazado a su esposa, sintiendo la calidez de su cuerpo y su ternura.

—Andábamos perdidos. ¡No sabíamos cómo regresar! Hasta que vimos un fulgor resplandeciente y decidimos seguirlo sin saber qué era. ¡Ahora lo sé! ¡Era tu amor! Nos guió de vuelta iluminando el camino como un faro... Fuiste tú, amor, la que nos rescató. Me rescataste.

Su dragoncito frotó su pequeño hocico en la mejilla de la princesa y se desvaneció lentamente emitiendo gorjeos de felicidad.

—Y no temas querida. Nunca jamás volverás a ser víctima del Señor del Sueño. Palabra de hechicero. —Dijo mientras dibujaba un aspa en su corazón con el dedo anular y secaba las lágrimas de su amada con el dedo pulgar.

La princesa rió alegre, puesto que sabía que jamás le ocurriría nada malo estando junto a su esposo Filiberto «El Sabio».

Ambos se fundieron en un abrazo y se besaron con pasión, felices del reencuentro y con toda una maravillosa vida por delante cargada de sueñosesperanza y amor

José Jorquera Blanco

Publicado originalmente en NGC Ficción: